Arnoldo Cuellar

Luis Gutiérrez: la pregunta incómoda

In Botepronto, Zona Franca on septiembre 14, 2015 at 3:58 am

El otorgamiento de un privilegio de última hora a un regidor del ayuntamiento capitalino, para beneficiar un negocio de su propiedad, es tomado por el alcalde como una ofensa cuando la prensa lo cuestiona.

No pasa únicamente en las dictaduras: las preguntas necesariamente incómodas de un periodista que trata de indagar las razones detrás de la decisión o la postura de un hombre público muchas veces son tomadas como una agresión.

Así le ocurrió recientemente al reconocido periodista de origen mexicano Jorge Ramos al hacerle preguntas incisivas a Donald Trump, el millonario norteamericano que busca la candidatura presidencial por el Partido Republicano, sobre sus propuestas xenófobas contra los latinos y los mexicanos en particular, lo que resultó en una expulsión del periodista del recinto donde se realizaba la rueda de prensa.

Toda proporción guardada, en cuanto a los escenarios y los agravios, la actitud del alcalde priista de Guanajuato Luis Gutiérrez Márquez, cuando se declara personalmente ofendido por una pregunta de la reportera Carmen Pizano, de Zona Franca, me merece la misma reflexión: para el político no debe haber preguntas incómodas y para todas debería tener respuesta más allá del enojo.

El cuestionamiento de Pizano es transparente y obligado. El contexto es la autorización de una solicitud de colocación de mesas y sillas en la vía pública para un restaurante que es propiedad de un regidor del PRD en el Ayuntamiento de Guanajuato, Fausto Montoya, la cual fue votada con oposición de los panistas y con el voto aprobatorio del propio beneficiario.

El tema no es cualquier cosa. En Guanajuato se vive una polémica permanente por la discrecionalidad con la que se otorgan ese tipo de permisos. No es inusual que los propietarios de negocios turísticos participen en política y, gracias a ello, obtengan privilegios de los que no gozan otros prestadores de servicios.

Allí están los casos de la exregidora y ex diputada panista Karen Burstein de Valadez; o el de Ricardo Herbert, exaspirante a la alcaldía por el PRD, ambos beneficiarios de dispensas municipales o de actitudes de omisión, para hacer negocio con el espacio público, incluso a costa de afectar el paisaje arquitectónico de una ciudad que es considerada Patrimonio de la Humanidad.

El hecho de que en una de las últimas sesiones del Ayuntamiento se aprobara este beneficio a un integrante del propio cuerpo edilicio, bajo la figura simulada de otorgar el permiso a un tercero, arrendador del inmueble y presuntamente familiar del propio regidor Montoya, hace las cosas doblemente sospechosas.

¿Porqué dar un permiso a un ciudadano que no se dedica a la prestación de servicios, sino a la renta de un inmueble? ¿Pueden todos los casatenientes del centro de Guanajuato pedir privilegios similares y así aumentar el valor de sus locales y, por ende, de sus rentas?

Pudiera parecer una política sumamente desordenada, y desde luego que no es así, Se trata de un caso de excepción donde no puede obviarse el hecho de que el beneficiario, si bien no peticionario, es un integrante de la propia autoridad que otorga el permiso.

Como además se trata de un representante de un partido minoritario y, teóricamente, de oposición, resulta natural pensar que esa autorización pudo provenir de algún tipo de intercambio. Nada más usual en nuestro país que el trapicheo indiscriminado, por encima y por debajo de la mesa, de privilegios administrativos y económicos a cambio de votos en los cuerpos colegiados.

¿No es ese el origen de los ignominiosos moches parlamentarios? El manejo discrecional de presupuesto de inversión, que la ley solo prevé en el ámbito del Poder Ejecutivo, por parte de los jefes de las distintas bancadas partidistas, a cambio de los votos necesarios para aprobar presupuestos y reformas estratégicas, ha sido el pan de cada día en las últimas Legislaturas federales.

De allí la pregunta de Carmen Pizano que sulfuró al alcalde Luis Gutiérrez: “¿El regidor pidió algo a cambio, o usted ofreció algo a cambio?”.

La respuesta no tiene desperdicio: “Primero me ofendes, discúlpame que te lo diga, nunca permitiría eso. Tengo tres años, yo creo que me conocen lo recto que he sido y sí me ofendes, ¿eh? Porque no se trata de eso, cómo que me ofreció, ¿cómo qué? Yo ya voy de salida. Yo creo que es una falta de respeto”.

El alcalde abandona el terreno de la política, donde se supone que está situado, para ir al terreno de la moralidad personal, algo en lo que seguramente la reportera no estaba pensando. El tema son las negociaciones políticas, el intercambio de votos por beneficios, que si bien tampoco es ético en términos de la teoría política pura, en nuestro medio público forma parte de la normalidad.

El resbalón del alcalde guanajuatense, ya de salida como él mismo dice, es todo un acto fallido digno de interpretaciones freudianas. ¿Está el alcalde pensando en cuestionamientos a su rectitud, esa que asegura la conocemos todos?

Lo saben él y su conciencia, lo cierto es que el cuestionamiento realizado por Carmen Pizano podía haber tenido respuestas menos reveladoras que la rabieta de un político ofendido por el derecho de la sociedad a saber lo que hay detrás de una decisión que sigue siendo altamente cuestionable.

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