Arnoldo Cuellar

Con su reclamo, los estudiantes hablan por todos

In Análisis Político, POPLab, sinembargo.mx on diciembre 5, 2019 at 12:29 am

El rector general de la Universidad de Guanajuato, Luis Felipe Guerrero Agripino, acaba de ser reelecto por 4 años más. No lo fue en una elección abierta, ni siquiera en una decisión indirecta que contemple la opinión de la comunidad. Recibió el respaldo de una junta directiva de 11 notables, ocho de ellos empleados de la Universidad y 3 externos.

La junta es endogámica y cooptable. Por ejemplo, a los pocos días de la reelección la hija de uno de sus integrantes, Enrique Navarro González recibía un puesto de privilegio: la coordinación del naciente Museo Universitario, de donde fue removida cuando se hicieron preguntas a través de transparencia sobre su trayectoria y currículo. De cualquier manera, solo fue reubicada.

No es la primera vez que eso pasa. La autonomía de la Universidad, lograda por el ex rector, después gobernador y hoy líder cameral panista Juan Carlos Romero Hicks, logró convertir a la UG en un coto de poder de una clase académica controlada por este prócer panista quien mantiene una gran influencia sobre ella hasta la fecha.

Sin embargo, esta burocracia dorada que maneja a discreción un presupuesto de más de 6 mil millones de pesos anuales, que no rinde cuentas a nadie y que logró negociar que la reforma anticorrupción dejara intocada a su contraloría interna, acaba de entrar en su más profunda crisis de décadas por dos simples factores: frivolidad y prepotencia.

Con el presupuesto multimillonario que maneja, el rector es un gran anunciante en los medios de comunicación estatales que han llegado a ensalzarlo como intelectual y jurista de altos vuelos cuando su única producción es de textos académicos que reproducen lugares comunes.

Ese auto homenaje constante hizo despegar a Luis Felipe Guerrero Agripino del piso donde habitan los miles de estudiantes de la Universidad, los que batallan con la inseguridad, con los deficientes accesos a los campus en las periferias de las ciudades, con la violencia de género hasta en las aulas, como se ha venido denunciando una y otra vez.

Afecto a las formas afectadas. Guerrero Agripino ha formado una comisión cada vez que se presenta un problema. Son incontables las comisiones que nunca informan sobre su periplo y sus resultados, se forman comisiones sobre las comisiones, y protocolos sobre los protocolos.

Por supuesto, nada se resuelve y todo se pospone. Las primeras denuncias de acoso sexual de catedráticos fueron ignoradas olímpicamente y abordadas políticamente (caso Julio César Kala) con pactos con instancias como la PDHEG; las segundas ya colectivas, fueron resueltas con comisiones que determinaron sanciones de 8 días a los acosadores; hoy explota un reclamo generalizado en todos los campus de la Universidad hasta donde se ha negado la posibilidad de extender las ventanillas de la oficina que ofrece “apoyo sicológico y contención” a las estudiantes, pero no justicia.

Guerrero Agripino quería que nada ensuciara su meteórica carrera al Olimpo, conceptualizado este como una carrera política, al estilo Romero Hicks, o la consagración académica. Por ello se ahorraba el trabajo de atender los problemas que se presentaban acá y allá, los dejaba en manos de segundos y, por supuesto, de comisiones.

Quizá por eso, hoy los estudiantes desde la calle le dicen que no quieren reunirse con ninguna comisión ni ser incluidos en una, porque saben que eso no ha solucionado ni solucionará nada. Por eso también no le piden solo que escuche, sino que se convierta en la voz de la comunidad frente a las autoridades estatales y municipales en cuyas manos y obligaciones está la de dar seguridad a los estudiantes y a los ciudadanos todos.

También por eso, el movimiento estudiantil que estalló como una tormenta sobre cielo despejado en los campus universitarios y en las calles y callejones de Guanajuato, encuentra una gran solidaridad en la población, como se ha visto en las diferentes manifestaciones sobre todo en la capital, porque a diferencia de otras luchas similares, esta vez se reclama algo que todos quieren: que sus representantes trabajen para darles lo más elemental: seguridad.

Se equivocarán mucho los que crean que a esta protesta nacida del hartazgo se le calmará con estrategias de apaciguamiento, de cesiones parciales y de alargamiento de plazos. En el fondo es el grito de todos: merecemos vivir tranquilos y que quienes cobran por representarnos, y lo hacen a manos llenas, se dediquen a eso en cuerpo y alma.

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