Arnoldo Cuellar

Acoso en la UG: el problema que no ven

In Sin categoría on agosto 17, 2018 at 8:58 am

Contrastan las reacciones en la UG sobre la denuncia de acoso por parte de un grupo de alumnas: de la solidaridad y el reconocimiento al problema a la negación y el refugio en las vías formales.

La valiente denuncia de un grupo de alumnas de diversas carreras de la Universidad de Guanajuato, sobre la situación de acoso persistente y cotidiano que viven en las aulas, está motivando una sacudida pocas veces vista en la centenaria institución, tan protegida de la realidad por su apego a las formas.

Llama la atención la solidaridad, el acompañamiento y la liberación para abordar el tema que la denuncia despertó en muchas universitarias mujeres, maestras, alumnas, trabajadoras administrativas y egresadas, que reconocen saber o haber sufrido de situaciones de acoso en el espacio de la universidad.

También llama la atención el desconcierto de los altos mandos universitarios, sus primeras reacciones de enojo y de búsqueda de culpables y su resistencia a reconocer que como institución tienen un problema grave que resolver.

Destacan las respuestas vacías del rector general Luis Felipe Guerrero Agripino, que, con su mutismo, su delegación del problema y su solemnidad tan anticuada solo deja ver que su interés principal no es la Universidad ni la población puesta a su cuidado, sino su carrera política y su imagen pública.

Le siguen los extravíos del rector del Campus León, el médico Carlos Hidalgo, que le llama a la denuncia “asunto de pasillo”. Existe el precedente de que a este funcionario le fue solicitada una cita para exponerle el problema en la División de Ciencias Sociales y Humanidades y ofreció recibir la queja “en un Starbucks”, para quitarle formalidad, precisamente eso a la que tanto apelan.

Con luz propia brilla el secretario general de la Universidad, Héctor Efraín Rodríguez de la Rosa, a cuyo cargo esta la unidad de UGénero, la ventanilla para atender los casos de violencia de género en la institución a quien lo primero que se le ocurre es decir que las víctimas están atendidas con “contención sicológica”, revelando que no entiende nada del tema y que solo está controlando consecuencias y no causas. Y entonces queda claro porque UGénero no funciona.

El otro estruendoso silencio es el de los eminentes académicos en ámbitos como el de la Filosofía, el Derecho, las Artes, la Sociología, la Historia o las Letras, que ven el tema pasar como si no les tocara siquiera reflexionar al respecto. Perdidos en la profundidad del ser y la complejidad de los problemas contemporáneos, no ven la injusticia que ocurre ante sus narices.

Me llama la atención que el director de la división donde se suscitó la denuncia, el doctor Alex Caldera, haya estado junto con sus académicos en la formulación de los protocolos de atención a la violencia de género, en virtud de su conocimiento del tema, pero haya sido incapaz de atender lo que ocurría en sus aulas y de lo que tuvo claras noticias. Otra vez el divorcio entre teoría y realidad.

Finalmente, queda claro el origen de toda esta simulación: la atención a la situación de violencia de género en la Universidad de Guanajuato surgió no de un análisis profundo y una estrategia de atención y prevención, sino como reacción a otra denuncia, la de Isabel Puente en contra de Julio César Kala.

Lo relevante, lo trágico, lo indignante, es que todo ese esfuerzo institucional se hizo sobre un ocultamiento y una mentira: la negativa a aceptar la responsabilidad de Kala, su absoluta exoneración y ahora hasta su encumbramiento como eminencia en el campo de los derechos humanos, en detrimento de la justicia y el resarcimiento de la víctima, quien permanece invisible para los prohombres de la UG, tan afectos a las formas y los procedimientos.

Si ahora, nuevamente se rechaza lo evidente y se persiste en la respuesta “política” y en la falsa institucionalidad, el problema continuará allí, creciendo y pudriéndose aún más, bajo la silla estilo antiguo imperio del rector Agripino.

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