Arnoldo Cuellar

La fuga de Márquez

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on junio 21, 2017 at 3:20 am

Las respuestas del gobernador ante la emergencia que vive Guanajuato son enormemente decepcionantes: si bien es cierto que no es su culpa todo lo que pasa, si es su responsabilidad enfrentarlo.

Hoy es inevitable preguntarse qué pasó con aquel joven gobernador Miguel Márquez que emprendió una campaña de convencimiento de todos los actores políticos y los líderes de opinión del estado, en los últimos meses de 2012, a fin de conseguir un consenso para la inversión proyectada en el programa de vigilancia tecnológica Escudo.

Con el entusiasmo del arranque, Márquez pedía que creyeran en su intención de “blindar Guanajuato”. O, ya de menos, que se le concediera el beneficio de la duda. El tema central de su discurso aseguraba que la entidad era una isla de paz rodeada de estados infectados por la violencia y que se hacía necesario construir un mecanismo de defensa.

El mandatario se salió con la suya. Viajó a Washington para gestionar aprobaciones de la alta burocracia norteamericana hacia el programa, según presumían los proveedores. Incluso se llevó a pasear a su compadre Rafael Barba, todavía visitante asiduo de Palacio de Gobierno y la sede alterna del Centro de Convenciones de Guanajuato, junto con el procurador Carlos Zamarripa, el Secretario de Seguridad Álvar Cabeza de Vaca y el Tesorero Juan Ignacio Martín.

Sin embargo, ni la fe ciega en la empresa Seguritech, que nos costará a los guanajuatenses más de tres mil millones de pesos si se cuentan los cobros que se hacen a los municipios para compartir la licencia del software de intercomunicación, ni la pertinaz persuasión de Márquez dieron resultados: Escudo nunca estuvo a la altura de las promesas realizadas, el blindaje fue una auténtica coladera y hoy Guanajuato es más inseguro que nunca.

Pero fue peor aún. Escudo no blindó a Guanajuato, pero si encerró en un recipiente de plomo la capacidad de autocrítica y de corrección del gobernador que decidió no aceptar los señalamientos desde todos los sectores en contra del caro juguete tecnológico de los muchachos de la (in)seguridad.

Hoy, carente de explicaciones, el gobernador de Guanajuato, votado por más de un millón de ciudadanos, aparece con la peregrina respuesta de que su gobierno no es responsable de los delitos del fuero federal que ocurren en la entidad, ni tampoco de la violencia en los municipios, que le endilga a los alcaldes.

Ni siquiera se hace cargo de que en buena parte de los municipios se da ya un mando único de facto, donde los jefes de policía son “sugeridos” por Cabeza de Vaca y Zamarripa a unos empavorecidos alcaldes que no quieren saber nada del tema.

Parece un asunto de suma irresponsabilidad y lo es por dos vertientes: la de no hacerse cargo del escandaloso desperdicio de miles de millones de pesos que hubieran estado mejor empleados en la depuración de los cuerpos de policía municipales y no en una tecnología inútil y ostentosa. Y la de negar los propios fallos, escurrir el bulto y tratar de culpar a otros de lo que a todas luces es un pecado del gobierno marquista por acción y omisión.

Ya nos dijo hace unos días Miguel Márquez que Carlos Zamarripa es “buen cuate” y por eso pretende endilgárnoslo otros nueve años para que se convierta en un auténtico Edgar J. Hoover de por acá. En realidad quería decir que es buen cuate “suyo”, por lo que su función sería la de cuidarle las espaldas cuando deje el poder, lo que equivale a declarar que los intereses de los guanajuatenses seguirán quedando en segundo o tercer plano, si bien nos va.

Pero no contento con eludir la obligación de garantizar la paz y la tranquilidad en el estado, adquirida junto con el voto que le fue depositado, Miguel Márquez ve con complacencia que otros “cuates” se lancen a pintar una docena de bardas en el estado para pedirle que, por amor de Dios, se decida ya y emprenda la aventura presidencial.

No es difícil imaginar quienes son esos otros “cuates”, pues seguramente se encuentran en su nómina y acuden a su cuarto de guerra, además de que disponen de recursos públicos para distraer en devaneos que vienen a resultar altamente ofensivos cuando se viven situaciones como la muerte de una niña de tres años a manos de sicarios que violentaron un humilde domicilio de Silao.

¿A qué está jugando Miguel Márquez? No lo se, no me lo explico, pero me queda claro que no es a gobernar con sentido común, generosidad y altura de miras.

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