Arnoldo Cuellar

Ochoa Reza: ¿políticos sin remedio?

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on septiembre 28, 2016 at 3:43 am

Acudir a viejos privilegios del sistema, como el cobro del retiro dorado de la alta burocracia, puede ser algo peor que un crimen para quien pretende ser un reformador: es un error de lesa estrategia.

¿En qué cabeza cabe asumir la grave responsabilidad de rescatar al partido gobernante y enderezar el desastre político de un gobierno con una credibilidad derruida y un entorno hostil en lo interno y en lo externo, cobrando antes que nada una liquidación millonaria?

Solo en la de un representante de la privilegiada minoría que ha venido gobernando a este país desde hace décadas sin hacer el menor esfuerzo por ponerse al día, por aggiornarse, como citan ellos mismos en sus debates ilustrados que no pasan de ser ejercicios académicos de lo que pudo haber sido y no fue.

Enrique Ochoa Reza, un doctor en Ciencia Política por Columbia que une en su formación las carreras de abogado y economista, llega al PRI como una de las consecuencias de las derrotas electorales de este año, tras la caída del mítico sonorense Manlio Fabio Beltrones.

Más que errores del PRI, partido que sigue siendo un apéndice gubernamental pese a los doce años de oposición que vivió al arranque del siglo, la debacle en las urnas fue provocada por el desprestigio de la administración que encabeza Enrique Peña Nieto, así como de las aportaciones de los gobernadores de las entidades, convertidos en verdaderos sátrapas.

Ochoa Reza sabía que su mayor problema era y es el de la credibilidad, por eso empezó con un discurso incendiario contra la corrupción interna del PRI, el cual debió matizar con relativa rapidez, pues tocaba fibras sensibles en la propia cúspide de la pirámide de poder priista: el presidente de la República.

Sin embargo, cuando se separó del cargo de director de la poderosa Comisión Federal de Electricidad, que con todo y sus dificultades financieras sigue siendo un refugio dorado de la alta burocracia mexicana, Ochoa ya sabía cuáles eran sus retos y en dónde estaban sus escasos asideros.

En ese sentido, cobrar una liquidación dorada, un retiro de mandarín que puede ser irrisorio para los de su clase, pero que es un insulto para la casi totalidad de los mexicanos, fue un terrible lapsus táctico. Como diría Talleyrand: es peor que un crimen, es un error.

Para empezar, Ochoa no fue cesado, sino que renunció para asumir una oportunidad que consideró mejor para sí y para los intereses del grupo político al que pertenece, por ello no surte efecto la comparación con otros directores a los que se les pidió la renuncia para mandarlos a sus casas.

Qué trabajador mexicano o directivo incluso, al que le llega una mejor oportunidad y deja un empleo se le permite reclamar un pago de marcha en las mejores condiciones. Seguramente no a los sufridos trabajadores de la industria eléctrica mexicana.

Así, además del error de priorizar sus asuntos pecuniarios antes que la encomienda política que le otorgaban, presuntamente sus correligionarios, pero más realistamente su jefe el presidente de la República y jefe del partido a cuya dirección arribó, ahora Ochoa Reza empeora las cosas al minimizar el tema y tratar de debatirlo con argumentos legalistas.

Por cierto, nadie lo está acusando de haber violado alguna norma, sino simplemente de haber obtenido un privilegio que borra de tajo sus intenciones de ser estricto con quienes han abusado del poder y se han beneficiado de él como si fuera de su propiedad.

Hace unos días, el dirigente priista no tuvo empacho en declarar su bienes y dejar ver una posición desahogada. Pocos mexicanos, por ejemplo, podrían preciarse de tener una colección de arte de 54 piezas y una flotilla de 50 taxis, así como ingresos anuales por 3.5 millones de pesos.

¿Era demasiado pedir ahorrarse el millón de pesos del finiquito de CFE, cuando resultaba previsible que eso se podría convertir en un tema en el caldeado momento político que enfrentan el PRI y su presidente?

Pareciera que no, por lo que podemos concluir que la clase política ilustrada a la que pertenece Ochoa Reza tiene mucho en común con la vieja clase depredadora que agotó la paciencia de los mexicanos a fines del siglo pasado, algo que también está en la raíz de la extendida decepción con Enrique Peña Nieto.

El PRI ha hecho del saqueo de los bienes públicos y de la apropiación del estado como un territorio de su propiedad personal, la verdadera naturaleza de la política mexicana, lo que ha sido imitado fielmente por los otros partidos políticos.

Si su nuevo dirigente, armado con la teoría política de última generación, buscaba una refuncionalización del discurso y de las expectativas en el agotado sistema político mexicano, su error mental en el mismísimo arranque de su proyecto muestra el agotamiento del modelo.

Para su consuelo, alguien le podría decir: Enrique, no eres tú.

Lamentablemente, tampoco es él quien podrá marcar ni siquiera una pequeña diferencia en la actual crisis sistémica de la política mexicana: el show terminó cuando apenas empezaba.

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