Arnoldo Cuellar

Guerra civil priista: nadie está libre de pecado

In Botepronto, Zona Franca on agosto 21, 2014 at 3:37 am

En el PRI no ha dejado de haber contienda interna desde hace muchos años. La multiplicación de grupos cobijados bajo liderazgos coyunturales o con cierta permanencia no parece perseguir más que intereses inmediatos y soluciones personales.

La gran tragedia del PRI es que nunca ha sido un partido político. A nivel estatal, la pérdida de la gubernatura y, en consecuencia, la inexistencia de un jefe político institucional, los regresó a la etapa de facciones levantiscas previa a algo tan lejano como el partido invento del callismo.

A nivel nacional, la pérdida de la presidencia de la República pudo haber tenido un efecto similar, lo que se evitó por la concentración de poder de la liga de gobernadores que tuvo un primer fracaso con Arturo Montiel en 2006 y se recuperó con creces, seis años después, con Enrique Peña Nieto.

En Guanajuato el desfonde fue total. Con la imposibilidad de mantener una continuidad en las alcaldías del estado, las principales han estado en manos del PAN por periodos prolongados, y con el Congreso perdido abrumadamente, por lo menos hasta 2012, el PRI se convirtió en una pequeña agencia de colocaciones cuya suerte dependía de dos factores: las relaciones con la cúpula nacional del partido y los acuerdos con el PAN.

En buena medida, la crítica a esa situación fue uno de los factores que le dieron cierta fuerza al discurso contestatario del actual líder priista, Santiago García López, quien logró una coyuntural alianza de corrientes identificada más que por un proyecto por una inquina: el rechazo a la figura política de Francisco Arroyo Vieyra, el político priista vigente de forma ininterrumpida en los poderes legislativos local y federal desde 1991hasta la fecha.

Para el éxito de ese proyecto, que pretende establecer una nueva era priista en Guanajuato que rechace la negociaciones con el PAN, fue fundamental el respaldo de tres personajes con cargos relevantes en este momento: los senadores Gerardo Sánchez y Miguel Ángel Chico y la alcaldesa de León, Bárbara Botello.

La victoria en la elección ha sido continuada con una política de apropiamiento de espacios en todos los niveles de la estructura priista, que ya motivaron una nueva batalla declarativa entre Francisco Arroyo y Santiago López, continuando los enconos de la elección y situando de nuevo al PRI en una tesitura de enfrentamiento interno.

El diputado federal a quien se le cargan los saldos de la derrota del celayense Alejandro Lara en la pasada contienda priista, salió a decir que la unidad del PRI “no se construye con bravatas”, lanzando a su vez la suya propia.

En respuesta, un comunicado de prensa inusualmente agresivo de la dirigencia priista critica abiertamente a a Arroyo Vieyra empleando la frase “se acabó el tiempo del amiguísimo, compadrazgo y del favoritismo de sangre.”

El lance buscaba contundencia, aludiendo sobre todo a la carrera política de la diputada Érika Arroyo Bello, quien ha ocupado una regiduría y la actual diputación, presuntamente por respaldo de su padre.

En el actual momento de Guanajuato, sin embargo, esa es una frase que resulta fácil producir como ataque pero muy difícil de sostener en el propio discurso.

Habría que ver, tan solo, lo que pasa en el municipio de León, donde la alcaldesa Botello, uno de los principales soportes de Santiago García, ha ido de escándalo en escándalo por colocar familiares en la nómina del municipio.

Además, la alcaldesa se propone impulsar para una candidatura a diputado a Juan Carlos Oliveros, director del DIF municipal y novio de su sobrina, Rosy García Robledo, quien además es su asistente personal. García Robledo es hija de Victoria Robledo Botello, la prima incómoda que ha andado rodando del comité de la feria al Imuvi, en cargos que le han sido creados ex profeso.

Por otra parte, Gerardo Sánchez García, otro de sus aliados, ha impulsado sistemáticamente a cargos públicos a su hermano Amador Sánchez García, quien fue el secretario de Ayuntamiento que hundió la administración de María Guadalupe Nava, en Salvatierra. No será extraño verlo ahora buscando una candidatura.

Por si algo faltara, el diputado más cercano a Sánchez García, Gerardo Zavala Procell, está a punto de ver con orgullo como nombran a su hija Eira Zavala Durán, presidenta del Instituto de Capacitación y Desarrollo Político del PRI Guanajuato, sin contar con perfil para el puesto.

Pero no queda allí, el esposo de Eira y yerno de Zavala Procell, Israel Hermosillo, es subdelegado en Sedesol, con Claudia Navarrete Aldaco, exdiputada y compañera de andanzas del legislador irapuatense.

Y no es lejana la posibilidad de que en pocas semanas más se empiece a hablar de las aspiraciones de José Huerta Arredondo, el hijo del secretario de Organización, José Huerta Aboytes, para buscar una candidatura en su natal Juventino Rosas.

Así que, si bien la crítica de Santiago García a su Némesis, el diputado Arroyo Vieyra, buscó ser un torpedo bajo la línea de flotación, lo cierto es que el PRI de Guanajuato en estos días es una auténtica casa del jabonero, donde pronto veremos a unos y otros resbalando alegremente en discursos que resultan insostenibles en los hechos.

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