Arnoldo Cuellar

La marca de Márquez

In Botepronto, Zona Franca on septiembre 28, 2012 at 3:22 am

La mayor parte de los medios de comunicación de Guanajuato retomaron en sus titulares una de las frases más concluyente de Miguel Márquez en torno a lo que propone como el sello distintivo de su administración: “nadie meterá la mano”.

Marcado por la propaganda negativa en contra de su antecesor y ex jefe, Juan Manuel Oliva, la cual incluso logró borrar de la percepción pública los logros de su gobierno que no fueron menores, Márquez ha decidido llevar el péndulo hasta el otro extremo y hacer de su gobierno una caja de cristal.

Nadie en su sano juicio puede oponerse a una propuesta de tal naturaleza, menos en México, donde gobiernos de distinto signo político -de centro, izquierda y derecha-, han caído en las redes de la corrupción.

Los escándalos mediáticos de todo tipo, desde el modesto toallagate de Vicente Fox hasta el tráfico multimillonario de Raúl Salinas de Gortari, han sido equiparados en una tabula rasa que nos ofrece como resultante la firme creencia de los ciudadanos de que todos los políticos son corruptos.

Las compras del gobierno, el seguro popular, la asignación de obra pública, las liberaciones de derechos de vía, la obtención de recursos para el financiamiento político, la guerra contra el narco, en síntesis todo el accionar del gobierno parece formar parte de un entramado que nada le envidia al crimen organizado.

Los medios de comunicación rara vez pueden probar de forma fehaciente y documentada un fraude con recursos públicos; cuando lo hacen, nunca pasa nada. Las cárceles están llenas de delincuentes comunes, pero muy rara vez las pisa un político o un funcionario público.

Sin embargo, en contrapartida, no hay funcionario que no esté exento de la sospecha de hacer negocios. Peor aún, son numerosos los ciudadanos de conducta intachable que anhelan llegar a un puesto público para mejorar su nivel de vida.

No sólo se trata de la posibilidad de hacer pingües negocios aprovechando el cargo, algo que la mayor parte de los funcionarios no sabe ni se imagina cómo hacer, sino simplemente la posibilidad de que el dinero público cubra numerosos gastos que cualquier mortal debe pagar de su bolsa: el auto, el celular, los gastos de representación.

Por toda esa cauda de impunidad, por una parte; pero también de mala cultura política, por la otra, la tarea que se ha echado encima el gobernador Miguel Márquez parece no sólo titánica, sino también excesivamente riesgosa.

Bastará que surja el primer escándalo en la administración, con un funcionario menor o mayor, para que el edificio discursivo que se ha venido repitiendo machaconamente quede sujeto a prueba. Miguel Márquez tendrá que reaccionar de acuerdo a sus compromisos y aplicar sanciones legales bien sustentadas, incluso si con ello afecta su entorno.

Debe recordarse como en la administración de Oliva se pretendió sancionar un aparente saqueo de recursos públicos en la Secretaría de Salud, con varias decenas de implicados. A la postre no sólo resultó ni un solo caso legal, sino que incluso se dictaminó que el entonces secretario de la Gestión Pública, Luis Ernesto Ayala, debía de pedir disculpas a los afectados.

Tampoco sería deseable que ocurriera una parálisis en áreas vitales del gobierno a causa de la sobreregulación que podría requerir el establecimiento de mayores controles en contra de la corrupción, pues entonces el intento de un gobierno honesto podría dar paso a una administración ineficiente donde resultase peor el remedio que la enfermedad.

Un peligro del compromiso retórico de Márquez, que ya quedó impreso en la memoria de la opinión pública, es que se convierte en una prueba constante para la imagen del gobierno, llegando incluso a marcarle una agenda que puede sobreponerse a otros temas prioritarios.

Otro peligro del compromiso explícito de Márquez es que su gobierno funcione con honestidad en el 99 por ciento de los casos y que el uno por ciento se le convierta en el talón de Aquiles y la marca de agua sobre su gestión.

La lucha en contra de la corrupción no sólo debe ser bienvenida, sino que debería constituir una agenda permanente de todos los gobiernos ante la existencia de una clase política y una cultura pública que la ve con una gran naturalidad.

Sin embargo, hacer de esa lucha una bandera de propaganda puede resultar menos eficaz que simplemente caminar en su búsqueda. De todas formas, ya metidos en esto,  lo mejor para todos será que Miguel Márquez logre llevar adelante sus planteamientos. Estaremos atentos.

arnoldocuellar@zonafranca.mx

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