Arnoldo Cuellar

Márquez y Oliva, historia de una incomprensión

In Análisis Político, Zona Franca on junio 4, 2012 at 4:21 am

En los últimos días, particularmente a raíz de los dos debates de la campaña por la gubernatura, el candidato panista Miguel Márquez Márquez ha considerado pertinente marcar distancias con quien fue no sólo su jefe y guía político, sino su mayor impulsor para arribar precisamente allí donde está: buscando ser el siguiente gobernador de Guanajuato.

Juan Manuel Oliva Ramírez, actualmente mandatario con licencia de la entidad, ejerció un mandato marcado por sus aptitudes como activista político y sus defectos como hombre de estado. Estos últimos, precisamente, son los que están provocándolo los mayores dolores de cabeza a quien, para todos los efectos, ha sido su delfín.

Si Márquez tiene posibilidades de continuar la cadena ininterrumpida de gobernadores panistas en Guanajuato, ello se debe en gran medida a la construcción de un aparato partidista alimentado con los fondos provenientes de los programas sociales y de promoción del gobierno estatal, un factor que se debe enteramente a la visión de Oliva como activista electoral.

Esa simbiosis de gobierno-partido, similar a la que durante siete décadas usufructuó el PRI y que le valió la más larga hegemonía política en la historia del México independiente, no fue construida sin pérdidas. La primera de ellas fue la de la vieja moral cívica panista, que anteponía al ciudadano por encima de los aparatos partidistas y de poder.

Hoy el candidato panista ve surgir por doquier los reclamos por los lastres que el PAN ha acumulado en su camino de convertirse en fuerza dominante; sin embargo, atentaría contra sus propias posibilidades de triunfo si no se basara precisamente en la potencia del sistema PAN-Gobierno para fincar su estrategia.

Lo decía, in pectore,  un ideólogo cercano al propio Márquez: “el PAN del 2012 es el equivalente del PRI de los años ochenta del siglo pasado: su fortaleza está en las zonas rurales y marginadas del estado; su debilidad son las clases medias de la zona urbana.”

Este es el mejor ejemplo, como advertía Carlos Castillo Peraza, de que el PAN, que nunca fue vencido por la derrota, en cambio si fue derrotado por la victoria: ganaron el gobierno y perdieron el partido.

El propio Miguel Márquez, en algunos momentos de reflexión íntima, planteaba su preocupación por los signos de ruptura que se exhibían en cada lucha por renovaciones de órganos, como el consejo estatal; y de posiciones, como la presidencia del partido.

Frente a la sórdida disputa por el control del PAN que encabezaron Fernando Torres Graciano y Juan Manuel Oliva, un pleito de herencias entre integrantes de un mismo grupo político, Márquez siempre propugnó por la conciliación y el acuerdo, preocupado por las tensiones a las que se sometía al partido.

Cabe precisar que Torres Graciano no le hizo a Oliva nada distinto de lo que el mismo Oliva practicó frente a Vicente Fox, Carlos Medina y Juan Carlos Romero Hicks: separar los objetivos del partido de las decisiones del gobierno, lo que nunca quiso decir ruptura, pero si una permanente renegociación de acuerdos y proyectos.

A diferencia de aquellos ex gobernadores, producto de sus deficiencias como estadista, Oliva se resistió a sacar las manos del partido y enfrentó los intentos de independencia de Torres Graciano, sufriendo varias derrotas en el camino. En esa lucha, Miguel Márquez nunca definió bando y siempre se mantuvo como un artífice de los acuerdos mínimos para transitar las diversas coyunturas.

La actitud de Márquez le valió, a final de cuentas, el voto tanto de olivistas como de gracianistas en la contienda interna, lo que le permitió un triunfo avasallador sobre José Ángel Córdova y Ricardo Torres Origel por cierto este último convertido hoy en un feroz cruzado del  marquismo, como se vio en los reclamos a Coparmex por el tono de las preguntas del debate organizado por el sindicato patronal.

Vistas las cosas en perspectiva, Márquez tiene más cosas que agradecerle a Oliva que las que tendría para reprocharle. En realidad, como prospecto a la gubernatura, el funcionario sin pena ni gloria que era Miguel Márquez no podría haber crecido de no haber contado con el más absoluto beneplácito de quien era su jefe directo; tampoco habría podido pasar de la Secretaría de la Gestión Pública a la de Desarrollo Social, justo a tiempo para preparar su despegue como candidato.

¿Es necesario un deslinde de Márquez con respecto a Oliva? Esa especia de parricidio que forma parte de la liturgia política mexicana es, desde luego, el expediente más fácil de realizar, sobre todo ahora que Oliva no es gobernador.

Más difícil, más útil, sería emprender un camino de autocrítica no hacia Oliva, en lo personal, sino hacia las complicidades que se han establecido entre el PAN como partido y el gobierno como institución, de las que sin duda Oliva formó parte, pero de las que todos los demás que hoy quisieran deslindarse, también se beneficiaron.

Porque lo que haría falta en verdad es que el próximo gobierno, del partido que sea, se propusiera modernizar las relaciones de poder entre el estado y los ciudadanos, sin esa especie de fascismo benévolo y degradado que es la incorporación de organizaciones sociales y de masas vinculadas verticalmente al aparato de gobierno.

Así era el PRI, así se convirtió el PAN. Para colmo de males, ese Juan Manuel Oliva del que hoy Miguel Márquez ni siquiera quiere oír hablar y que es azuzado como fantasma por los opositores, tuvo antes de salir del gobierno una calificación aprobatoria en diversos sondeos.

Pareciera que al personalizar todos los males del gobierno en Oliva, lo que están haciendo tanto el candidato oficial como los opositores es evitar una discusión más profunda y enriquecedora sobre los verdaderos lastres de Guanajuato, que van más allá de las debilidades de una persona y que parecieran ser consustanciales a todos los partidos.

arnoldocuellar@zonafranca.mx

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