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El monolito panista

In Análisis Político on abril 11, 2011 at 4:53 am

Todavía unas horas antes de la asamblea, en todos los medios a su disposición, disidentes y contras al olivismo-torresgracianismo, corriente que domina el PAN hace una década, pedían el voto libre y razonado a los asistentes y hablaban de la necesaria reforma en ese partido.

Al caer la tarde de este domingo, cualquier ilusión en ese sentido había desaparecido, como ocurre siempre a las visiones idealistas de la política frente al duro realismo de quienes ejercen el poder y se niegan a compartirlo. Aquí y en China, literalmente.

La elección del nuevo Consejo Estatal del PAN en la asamblea realizada en el Auditorio de Guanajuato, con cerca de mil 500 panistas insaculados, arrojaba primeras lecturas muy claras. Una de ellas, quizá la principal, que la oposición interna al panismo encabezado por Juan Manuel Oliva es todavía más débil que su oposición externa.

En dos ejercicios consecutivos, la selección de los aspirantes a consejeros en las asambleas municipales y la integración del consejo en la asamblea estatal, el grupo del gobernador, con todo y sus fracturas internas, alcanzó cotas de más de dos terceras partes contra sus oponentes al interior del PAN. Una ventaja así no la ha logrado nunca este partido en elecciones constitucionales.

Y aquí, lo primero que queda claro es que la tarea de oposición que han venido realizando quienes encabezan a las corrientes disidentes, por llamarla de alguna manera, se ha limitado a la contrapropaganda, pero ha dejado de lado el trabajo político, la labor de campo.

Y difícilmente se puede sostener, como justificación, que el olivismo se lleva la parte del león por su detentamiento del poder, pues políticos como Javier Usabiaga, Luis Alberto Villarreal y Ricardo Sheffield, han usufructuado poderes territoriales y manejado programas sociales que también se han utilizado para el clientelismo.

Más bien, lo que sale a relucir es el siempre complejo arte de la política populista tal y como se practica en este país desde hace muchas generaciones: la cercanía del líder con sus seguidores, el cumplimiento de compromisos, el premio a las lealtades.

De otra manera no se podría explicar que, dentro de la corriente dominante, las mayores posiciones, quizás un 60 por ciento de ellas, correspondan a operadores y leales del dirigente estatal saliente, Fernando Torres Graciano, quien no maneja presupuestos cuantiosos ni mucho menos programas clientelares, sino que se limita a ejercer controles políticos.

Y esta es, con mucho, la lección más nítida que arroja el resultado de la asamblea panista del 10 de abril: en política sólo se puede lograr objetivos, precisamente haciendo política, es decir, buscando alianzas en base a objetivos comunes, determinando estrategias claras y concentrando el esfuerzo.

El discurso de regreso a los principios y de refundación suena bien en los medios, pero no le dice nada a una militancia panista que busca objetivos tangibles; como también los buscan los enarboladores de discursos, pero envueltos en una retórica cada vez más vacía.

Desplazado a su verdadero lugar el reto simbólico de la disidencia que representan tanto el pacto de la Loma como Ricardo Torres Origel, ahora la verdadera definición crucial en el PAN guanajuatense se centra en la disputa generacional entre un patriarca que no quiere ceder y un heredero que ya mostró el músculo.

Y esa lucha en ciernes parece más interesante que cualquiera de las disputas artificiales de los días que la precedieron. No habrá que perdérsela.

Botepronto

Dos exclusiones de la lista de consejeros dejan una lectura esencial: las de Ricardo Sheffield Padilla y Jorge González Huerta.

Parecería que se trata de dos políticos contrapuestos: el motor del Pacto de la Loma y el operador partidista del gobernador, sin embargo, las apariencias engañan.

En los últimos tiempos, Sheffield y González podían haber estado más cerca que nunca, en torno a la órbita de Juan Manuel Oliva, aunque por distintas razones.

El alcalde leonés vive una luna de miel con el mandatario estatal, no tanto por la posibilidad de obtener un mejor trato para su municipio, como de lograrlo para su futuro, donde aprecia que puede haber una curul senatorial.

En tanto que el cónyuge de la diputada Elia Hernández ha sido el encargado de trabajos difíciles, como el de hacer surgir de la nada la candidatura de Alejandra Reynoso al comité estatal.

Ambos podrían haber estado pisando terrenos considerados riesgosos para sus intereses por el líder panista Fernando Torres Graciano. Y así les fue.

Por si persisten las dudas de quien fue el verdadero ganón de ayer.

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