Arnoldo Cuellar

Estampa otoñal en Guanajuato

In Análisis Político, Divertimento, POPLab on noviembre 12, 2019 at 4:00 am

Hace unos días en la capital del estado se dio un encuentro de esgrima verbal que no le pedía nada a los carteles que arman los promotores de boxeo de las Vegas entre campeones mexicanos y bultos rusos.

Los protagonistas, dos políticos de distintos partidos a los que la historia ha colocado en el bando de los impresentables: Juan Manuel Oliva, el exgobernador panista y Francisco Arroyo, el ex legislador priista que se eternizó por un cuarto de siglo en curules locales y federales, negociando siempre su papel de opositor frente al PAN.

Cruzando una angosta calle de la capital del estado, el cuestionado ex gobernador crucificado como ejemplo de corrupción y el no menos criticado ex diputado y senador, acaparador de viejas casonas en el centro histórico de Guanajuato, set toparon frente a frente “echando mano a sus fierros como queriendo pelear”.

Más veloz de la lengua, Arroyo fue quien abrió fuego, al preguntarle a Oliva: “¿Dónde dejaste a Wintilo?”.

La alusión hacia referencia a la colaboración que en años pasados mantuvieron el ex priista Wintilo Vega y el panista Juan Manuel Oliva para vender sus servicios como asesores en elecciones a candidatos de todos los colores.

El veneno no se ocultaba en la interrogación de Arroyo Vieyra, sobre todo después de la ruptura con quien fue su compañero de andanzas políticas por un largo trecho, además de compadre.

Y aunque Oliva tiene entrenamiento para la polémica, su ingenio no es precisamente chisporroteante como el que Arroyo cree tener, por ello se tomó unos segundos para responder.

Sin embargo, la estocada con la que reviró encontró camino abierto hacia la vanidad del priista: “Lo dejé en Andorra, donde andaba buscando un dinero que le debes”, respondió con parsimonia el panista, en abierta referencia a las cuentas millonarias en dólares que le fueron descubiertas a Arroyo en la investigación del diario El País, recursos nunca aclarados y muy lejanos a cualquier posibilidad de ahorro aún con las jugosas dietas parlamentarias de que gozó por 24 años.

Dicen los pocos que pudieron escuchar el intercambio, que el priista dedicado hoy a la hostelería de postín no solo enmudeció, sino que los colores se le fueron de la cara.

Pero como diría el clásico al que ya cita hasta Diego Sinhue: a puñaladas iguales, llorar es cobardía.

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