Arnoldo Cuellar

El desdén a las víctimas

In Análisis Político, Zona Franca on octubre 4, 2018 at 10:47 pm

El foro de escucha por la pacificación celebrado ayer en León Guanajuato a instancias del presidente de la República electo, Andrés Manuel López Obrador permitió conocer algunas realidades dolorosas de nuestro entorno, aunque no todas. Lo lamentable, sin embargo, fue que hayan decidido no escuchar quienes más importaría que lo hicieran: las autoridades de la entidad.

Una vez que el designado secretario de Seguridad de la próxima administración federal, Alfonso Durazo, notificó su inasistencia, rápidamente se ausentó del evento el secretario de Gobierno local, Luis Ernesto Ayala, precisamente el responsable de coordinar las áreas de seguridad, de impulsar la regeneración de las policías municipales y de adecuar la legislación local a la federal en materia de atención a víctimas.

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¿Escucha?

Al parecer para Ayala el evento que constituyó un parteaguas en el abordaje de un problema que empieza a complicarse y aumentar en Guanajuato, nos referimos a la existencia de víctimas de delitos de lesa humanidad como desaparición forzada y ejecuciones extrajudiciales, solo constituía una cita burocrática más, así que optó por encomendárselo a su subsecretario Martín López Camacho.

Qué decir de Diego Sinhue Rodríguez, el novel gobernador. Perdido en su discurso sobre “la grandeza” de Guanajuato, parece haber olvidado las realidades molestas, las afrentas que padece la población de Guanajuato y que en algunos municipios los hace vivir prácticamente en estado de sitio.

Hoy, por ejemplo, se conoce la noticia de que el hotel y restaurante inaugurados por el empresario Isaías Gómez antes de ser asesinado en San Miguel de Allende, cerraron sus puertas. El malogrado empresario no pudo contribuir a “la grandeza” de Guanajuato, pero si se vio afectado por su rostro más oscuro, el de la violencia desatada, sin control e impune. Y con ello se cerró una fuente de trabajo.

Pero poco puede hacerse desde el gobierno si solo nos van a recetar “genialidades” desde la cúpula de las instituciones públicas, pero no van a aceptar escuchar a quienes sufren las consecuencias de una mala política.

Y la sordera no está solo en el área de la seguridad, donde Diego Sinhue no honrará su palabra de someter al Legislativo la ratificación de Carlos Zamarripa en la Procuraduría, sino que ya se ordena a la mayoría panista en el Congreso que busque argumentos legaloides para evitar el debate público sobre la ampliación del encargo a quien en nueve años al frente de la procuración de justicia no ha hecho más que consolidar un poder omnímodo que ahora somete hasta a gobernadores, pero que no sirve para dar tranquilidad a la población.

Y qué pensar del autoritarismo evidente en las inducidas criticas de columnas periodísticas a los señalamientos, por demás tibios, de la siempre sumisa Cámara de la Construcción para mostrar su inconformidad con las decisiones de Sinhue en las dependencias que manejan la obra estatal.

Resulta un anacronismo digno de los mejores tiempos priistas que las críticas, así sean incipientes, pretendan ser acalladas a periodicazos de columnistas que se muestran solícitos con el poder pero que se vuelven unos tigres para fustigar a representantes de organismos intermedios. Como es un anacronismo aún peor el de filtrar felicitaciones en esos mismos medios de comunicación para validar decisiones polémicas como las ratificaciones en seguridad.

Insisto, Diego Sinhue Rodríguez está perdiendo una oportunidad de oro para renovar la desgastada gobernanza panista en Guanajuato al recurrir al manual de las atrocidades antidemocráticas del priismo del siglo XX. Ahora resulta que un bebesaurio de ADN tricolor renació en el rancio yunquismo guanajuatense.

Por ello, no extraña el bajo perfil que quiso dársele al foro de escucha por la pacificación, ninguneando el trabajo de organizaciones representativas de la sociedad y boicoteando a las propias víctimas. Ese desdén es algo que va con el mismo ADN de quienes hace 50 años perpetraron la masacre de Tlatelolco.

Y esto apenas comienza.

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