Arnoldo Cuellar

Prensa y dinero público: fin a la complicidad

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on noviembre 17, 2017 at 3:28 am

El amparo resuelto por la SCJN esta semana para ordenar al Congreso que reglamente la compra de publicidad gubernamental, abre la oportunidad para dignificar la relación Poder – Medios en México.

#MiLanaNoEsMordaza

En México, la opinión pública existente tiene perfectamente naturalizada la relación perversa entre los medios y el poder, derivada de los acuerdos económicos que se dan por encima y por debajo de la mesa.

Si un medio es crítico o “ataca” a un político, el tema es “que no le da dinero”. En muchas ocasiones es más fácil descalificar a un periodista o a un medio por esa situación que por su contraria: la de estar sistemáticamente glosando vida y obra de los gobernantes, sin importar la trascendencia de los hechos.

Que los medios sirven al poder, se ve como algo natural en un país donde un presidente de la República (un dictador por cierto), acuñó la frase “ese gallo quiere mais”, para estigmatizar a sus críticos.

Solo cuando un medio minimiza o ignora la información de un político de oposición o de un ciudadano que realiza una denuncia, cobra sentido el hecho de que “los medios están vendidos”.

Cuando un periodista escribe o habla de un político en sentido crítico, el consejo recurrente de otros políticos es: “tómate un café con él”, que regularmente quiere decir, llega a acuerdos, cualesquiera que estos sean.

Los políticos, pero también muchos ciudadanos, toman natural que a los medios hay que darles publicidad o a los periodistas darles sobres de dinero, para transitar con tranquilidad por la vida, independientemente de que sus acciones los enaltezcan o los envilezcan.

Los periodistas tenemos en buena medida la culpa, pues nos hemos amoldado a la situación, de una u otra manera, decente o indecentemente, por encima o por debajo de la mesa. Es una forma de vida cuyas aristas inmorales o amorales están invisibilizadas por lo que un clásico como Enrique Peñas Nieto llamaría: “una condición cultural”.

Así se ha hecho política en México, así la hacía Porfirio Díaz y la hicieron los triunfadores de la Revolución Mexicana, quizá con la excepción del efímero gobierno de Francisco I. Madero, socavado en buena medida… por la prensa de su época que extrañaba a Don Porfirio. Así continuaron los priistas y, en su turno, los panistas y los perredistas.

¿Debemos darnos golpes de pecho y lanzarnos piedras unos a otros? No creo, en el pecado hemos llevado la penitencia y hoy el gremio periodístico en México vive una violencia que solo se ve en países en guerra, sin que eso ni siquiera concite un gramo de solidaridad en la sociedad a la que creemos servir. ¿Por qué iba a pasar, si no dejamos de ser parte de los privilegiados en un país de injusticias e iniquidad?

Lo que deberíamos hacer es ponernos a tono con los tiempos, ser vanguardia y no retaguardia del cambio. Si los medios no queremos desplomarnos junto con el desprestigiado sistema de partidos que a duras penas se sostiene, debemos empezar a replantear nuestro papel en el escenario.

La resolución de la Corte sobre el amparo presentado por la organización Artículo 19, votada este miércoles 15 de noviembre, la cual ordena a las dos Cámaras del Congreso de la Unión atender la omisión en la que han incurrido para legislar reglamentariamente sobre la reforma constitucional que establece reglas para la publicidad de los entes públicos, representa una oportunidad histórica para cambiar la cultura de complicidad, bajo la que nos hemos regido hasta ahora.

Evitar que el dinero público compre las voluntades de los medios contribuirá a tener una mejor prensa, pero también mejores políticos.

Aferrarse a lo que viene pasando, con periódicos y noticieros cuyas audiencias se pasan en masa a las redes sociales, y políticos que ya solo viven en la burbuja pública que les proporciona su propaganda, parece una apuesta difícil de sostener en los tiempos que corren.

No dudo que hay resistencias, de políticos y de periodistas, sobre todo de aquellos para quienes el modelo vigente representa beneficios y cambiar les significa riesgos.

Están en su derecho a escoger el lado equivocado de la historia, pero, más temprano que tarde, nuevas generaciones de mexicanos nos reclamarán cómo podíamos vivir en un país donde corromperse era la regla y no la excepción.

No habrá bienestar ni riqueza que valga ese deshonor.

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