Arnoldo Cuellar

Un gobierno que hace implosión

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on septiembre 7, 2017 at 3:28 am

En la recta final, a Miguel Márquez le hace crisis el entorno y exhibe carencias que vienen desde el origen y que subsanaba un bono de credibilidad; urge recomponer y evitar los sueños transexenales

Mucho hace crisis en la esfera de decisiones del gobierno de Miguel Márquez: trátese del ubicuo crimen organizado, de la creciente delincuencia común, del inexistente combate a las epidemias, de la nula transparencia oficial, de la fallida política social, del abortado intento de construir un candidato a gobernador, del rechazo a atender una sentencia federal que afecta a un sacerdote amigo, de la imposibilidad de ordenar el transporte público.

Inclúyase en los fracasos la decisión del corporativo Toyota, beneficiado con un regalo de más de mil millones de pesos en terrenos más la infraestructura que se cuece aparte, y que no tiene empacho en cambiar el plan original de fabricar el popular Corolla para traerse las austeras camionetas Tacoma que ya se hacían en Tijuana, sin enterar a su benefactor hasta el último momento.

¿Qué va mal en Guanajuato en este año? ¿Qué cambió que antes no ocurría?

Desde mi personal punto de vista, el tema no es el gobierno, sino el entorno. Miguel Márquez había navegado con viento favorable y sobre una inercia que no lo obligaba a tomar decisiones. El gobierno no estaba puesto a prueba ante un mar en calma.

La mejor prueba es como Márquez pudo navegar cuatro años y medio con un secretario de gobierno casi de adorno, sin que le estallara una sola crisis. El hecho es que no había temas de conflicto.

Márquez, además, tenía el beneficio de la duda, la simpatía de los ciudadanos y la inacción de la oposición. Un bono que duró años, que le permitió un cómodo triunfo electoral en 2015, y que le solapó excesos como la compra opaca del sistema de vigilancia Escudo y la entrega del surtido de medicamentos del Seguro Popular a un duopolio.

Al mandatario guanajuatense le fue perdonado incluso el pecado de ostentar a un compadre influyente que le metió mano a varias secretarías de estado, que orientó licitaciones y concursos, que amaso una fortuna en cuatro años y que a punto estuvo de apoderarse del Poder Judicial, el hoy redivivo Rafael “Gallo” Barba.

Sin embargo, la acumulación de negligencia e inacción del área de seguridad, combinada con la desestabilización de las organizaciones criminales actuantes en el estado, hizo explotar la seguridad.

Resulta notable como pasamos de la explicación que centraba todo en “hechos aislados”, frase manida de Miguel Márquez, Carlos Zamarripa y Álvar Cabeza de Vaca; a esa otra que acaba de exponer el alcalde de Celaya de que las agresiones a policías con armas de alto poder son “algo cotidiano en su trabajo”.

Es como en el caso de la epidemia de dengue que padece la entidad, donde ante la falta de previsión exhibida en el recorte presupuestal sufrido por el programa respectivo; y la incapacidad para atender el brote de este año, darle seguimiento y generar una reacción inteligente y científica de control, la única solución de los brillantes médicos de la Secretaría de Salud de Márquez es salir a decirnos que “debemos acostumbrarnos al padecimiento” y que las fumigaciones no sirven de nada.

Desde luego no dicen que no sirven porque abusaron de ellas por años, con presupuestos estratosféricos y sustancias dañinas para los humanos pero que se volvieron inocuas para los moscos, como han venido señalado los activistas ambientales.

Hoy el gobierno de Miguel Márquez luce desfondado y sin energía. Su mejor emblema puede ser ese rostro del gobernador, que ya sabemos que deja traslucir todas sus emociones, enfrentando ayer el reclamo de dos mujeres panistas que le piden que haga justicia en el asesinato del ex alcalde neopoblano José Durán: no puede interpretarse sino como la imagen de un gran cansancio, de un profundo desinterés, de unas terribles ganas de que el tiempo pase y el gobierno acabe.

La frase propagandística de “vamos por más” se evidencia vacía y solo reducida a los discursos que ya Márquez dice de memoria y sin mesura, como esos cuarenta minutos que ocupó en el informe del alcalde leonés Héctor López Santillana, quien había reducido su mensaje a menos de 20 minutos.

¿Qué se puede hacer frente a esta situación? Lo deseable, lo sensato, sería tocar piso, evitar el mareo del poder, eludir los sueños de opio del fin de sexenio donde siempre es una tentación tratar de influir más allá del término constitucional y olvidar las ilusiones de trascendencia que nunca resultan sino en su contrario: la ignominia.

Por ejemplo, evitar el desgastante proyecto de imponer un fiscal transexenal aprovechando una reforma legal cuya intención era sanear el sistema de justicia y devolver credibilidad a la procuración de justicia, yendo a contrapelo de la opinión pública, de la cordura política y del sentido común.

O abandonando el proyecto antidemocrático y antipanista de manipular los procesos de selección de candidatos de ese partido a la gubernatura, diputaciones y alcaldías.

Y ello no solo por amor a la ley y a una ética pública que se reconoce solo externamente, sino también para concentrarse en los pendientes que le quedan a la administración y que amenazan con desfondarla. De no hacerlo, las cosas aún podrían ser peores.

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