Arnoldo Cuellar

Agripino entrampa a la UG

In Botepronto, Zona Franca on marzo 15, 2017 at 4:10 am

Un equipo compacto e incompetente, un gabinete infuncional, veleidades políticas y gastos suntuarios acaban con el enamoramiento de la comunidad universitaria con su rector general.

La llegada a la rectoría general de la Universidad de Guanajuato del entonces rector del campus capitalino, Luis Felipe Guerrero Agripino, no hubiera sido posible sin el polémico y confrontado ejercicio de gobierno que realizó José Manuel Cabrera Sixto y que le impidió la reelección que venía siendo casi normal desde que se instauró la autonomía.

Esa fue la coyuntura, junto con el respaldo decisivo del exgobernador, exrector y hoy senador Juan Carlos Romero Hicks, que permitió a Guerrero derrotar por paliza al rector en ejercicio.

El doctor en Derecho arribó al cargo que actualmente ocupa en olor de muchedumbre. Su protesta fue más un ungimiento que un acto protocolario. Su perfil humanista hacía pensar en el regreso a las viejas glorias del pasado universitario, después del paso de dos rectores provenientes de las ciencias duras.

A 18 meses de aquella hazaña, la historia, siempre terca, ha sido diferente. Bastó un año y medio para que Guerrero Agripino deshiciera la red de alianzas y complicidades que lo llevaron al cargo.

El nuevo rector general se rodeó de un compacto grupo de incondicionales: compañeros de banca como el abogado general Mauricio Murillo y la contralora Adriana de Santiago; otros, compañeros de viejas batallas como la secretaria particular María Dolores Gallegos y su cónyuge, el director de Desarrollo Estudiantil, Osvaldo Chávez.

Ellos se encuentran en la toma de decisiones coyunturales y estratégicas, a veces muy por encima de los altos mandos invitados a colaborar por Guerrero, los tres secretarios de la UG: el General, el Académico y el de Gestión y Desarrollo.

Estos funcionarios, tampoco se ayudan mucho, como se ha hecho patente en la gira que el rector general viene sosteniendo con cuerpos académicos de la Universidad para hacer avanzar su proyecto de reforma a las pensiones.

El secretario académico, por ejemplo, el veracruzano Raúl Arias Lovillo, ocupa una posición ornamental muy parecida a la de su antecesor, el físico José Luis Lucio. Sus discursos ante las comunidades docentes de diversas divisiones y departamentos, en estos días, en torno al modelo académico que se quiere impulsar, suena hueca y lejana. Si a ello se agrega su falta de familiarización con la institución, el aporte del jarocho es nulo y más bien resta.

Mientras que el secretario general Efraín Rodríguez de la Rosa, parece confundir la juntas de trabajo con seminarios de motivación. Poco falta para que empiece con dinámicas que de poco servirían ante el escepticismo que priva en la comunidad universitaria.

Y la cereza del pastel la viene a colocar el anticlimático Jorge Alberto Romero Hidalgo, cuyos mejores días parecen haber quedado atrás. El verdadero autor del intento de reforma de las pensiones universitarias, topa con una dura resistencia del sector académico, sobre todo a causa de su notable ineficacia para frenar el dispendio administrativo de los acólitos agripinistas. El reclamo es que primero cesen los gastos suntuarios e innecesarios y después piense en afectar a los trabajadores.

Cuando le toca el turno cerrar las reuniones al rector general, dueño de una acompasada retórica clásica buena para el paraninfo pero infuncional en el terreno corto, resulta imposible derretir el témpano en que se encuentra convertido el ánimo del auditorio.

La ruta que se sigue no parece avanzar y no es por razones técnicas, sino eminentemente políticas.

La táctica de comunicación, que no diseña Margarita Arenas, otra figura decorativa, sino la maestra Dolores Gallegos, secretaria particular, es una muestra de cómo perder aliados, pues el énfasis en la defensa del rector y los golpes mediáticos a otros actores universitarios en la columna del diario Correo ya a nadie engaña, como lo muestran los comentarios que hacen los lectores en la misma publicación.

A estos problemas internos se suman otros de manejo externo, como la ostentación que hace Guerrero Agripino de sus buenas relaciones con priistas que además son precandidatos a la gubernatura, como Miguel Ángel Chico y Gerardo Sánchez. A ello se suma la asesoría que le brindan políticos como el veterano priista Tomás Bustos Muñoz.

Quizá por eso, en el pasado informe de gobierno, por primera vez en años la Universidad de Guanajuato y su máximo representante no tuvieron ni siquiera una mención en el mensaje leído por Miguel Márquez en la ceremonia oficial.

Así, los astros alineados en septiembre de 2015, cuando el poder de Agripino era tal que hasta podía frenar una resolución de la Procuraduría de los Derechos Humanos en contra de su principal asesor, empiezan a moverse en distintas direcciones.

Las versiones en el radiopasillo universitario hablan incluso de la inconformidad que esta situación está ya despertando en Juan Carlos Romero Hicks, el mayor sostén de Guerrero Agripino en su carrera hacia la rectoría general.

Lo delicado es que una rectoría débil y confrontada difícilmente podrá hacer frente a los grandes retos de la institución: la necesidad de disminuir sus altos costos, atender el creciente reclamo de atención educativa y el compromiso de la calidad.

Allí si, ni la prensa amiga ni las importaciones de funcionarios servirán de mucho.

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