Arnoldo Cuellar

Márquez en campaña

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on septiembre 21, 2016 at 3:48 am

El gobernador aprieta tuercas para impedir lo que ve como proselitismo desordenado en el PAN, pero que también podría considerarse libertad de elección.

La ofensiva de Miguel Márquez para intentar controlar la sucesión de Guanajuato ya empezó.

Su primer objetivo es eliminar la tradicional anarquía panista, la onda grupera, y tratar de encauzar todas las precampañas dentro de un solo marco, que le permita a él, en lo personal, ser el gran artífice.

De ahí su constante llamado de las últimas semanas a los liderazgos panistas en municipios, en diputaciones y en las dependencias estatales para que no realicen en activismo en pro de precandidatos.

Para amarrar el llamado, Márquez está por tomar decisiones al seno de su propio gabinete y ajustar algunas tuercas, incluyendo ceses de funcionarios, ya se rumoran dos o tres en ese sentido.

Si la idea de Márquez fuera convertirse en un gran elector al estilo del viejo PRI, una fórmula que funcionó por 70 años y que se quebró con la muerte de Luis Donaldo Colosio, lo justo sería que cercenara a activistas de todos los precandidatos, o por lo menos de los dos que aparecen más polarizados.

Probablemente no pase así, pues en realidad lo que el gobernador parece perseguir es el freno a uno de los aspirantes, al que parece estar más adelantado, en tanto que el otro es alentado a meter el acelerador.

De cualquier manera, con estos movimientos Márquez está tratando de asumir el rol del fiel de la balanza, un papel que hasta ahora no había asumido ningún gobernador panista de los que le antecedieron.

Si se recuerda, Vicente Fox aceptó como candidato a Juan Carlos Romero como una imposición de Elías Villegas y Juan Manuel Oliva; Romero despreció a Oliva por razones casi raciales y trató de impulsar a Luis Ernesto Ayala, pero se vio vencido por el activismo de quienes antes lo habían hecho candidato a él mismo. Oliva se debatió en dudas entre Márquez y Gerardo Mosqueda, lo que fue aprovechado por Fernando Torres Graciano y Márquez para asaltar la precandidatura del grupo oficialista.

Y antes de todos ellos, Carlos Medina no pudo evitar ni la elección extraordinaria, tras retrasarla 4 años, ni la candidatura de Vicente Fox que lo tenía catalogado como un traidor.

Hoy Márquez quiere superar esa historia e iniciar una nueva etapa en su partido: un PAN que es cada vez más PRI, pero en su versión más pasada de moda la del tapadismo y el dedo elector, en versión blanquiazulada.

La gran pregunta es si resultará el experimento. Por ejemplo, si los panistas de estos tiempos están tan domesticados como los priistas del alemanismo o del echeverrismo. Hasta ahora, las señales hacen parecer que están más cerca de eso que del viejo independentismo gomezmorinista.

Sin embargo, si Miguel Márquez logra sus objetivos, ninguno de los que hoy se ubican como sus posibles benefactores podrá estar seguro.

A final de cuentas, ante una eventual renuncia de la militancia del PAN a su libertad de elección, los únicos intereses que prevalecerán serán los de un mandatario que puede no estar pensando en el futuro de su partido, sino en el resguardo de sus intereses.

Lo peor de todo, es que los panistas, sean líderes o militantes de la base, ni siquiera parecen haberse enterado de lo que está en juego. En su prisa por acomodarse o por permanecer en las nóminas, la cuestión de fondo está pasando de noche.

En el PAN se inaugura la época del juego cupular y de los acuerdos en lo oscurito, a un cuarto de siglo de asumir el gobierno estatal derrotando a otro partido al que habían llevado al desastre precisamente esos mismos métodos.

Hay, sin embargo, un punto sustancial: el PRI así nació,; no es el caso del PAN donde había una genética totalmente contraria a esos usos.

Veremos cuánto éxito puede tener Márquez en su proyecto de convertirse en el Calles del PAN.

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