Arnoldo Cuellar

¿La prioridad es la pobreza o la imagen?

In Botepronto, Zona Franca on abril 15, 2016 at 3:53 am

Programas que buscan atacar necesidades de los más necesitados y se anuncian con ostentación, empiezan con el pie izquierdo y revelan sus verdaderos fines propagandísticos.

En eventos concurrentes en la misma fecha, el gobierno del estado y el del municipio de León relanzaron sus respectivos programas sociales, inyectando recursos adicionales y estableciendo una apuesta de gobierno que en parte tiene que ver con reparar omisiones y en parte con el objetivo electoral en 2018.

Sin embargo, tanto Miguel Márquez, a través de Diego Sinhué Rodríguez; como Héctor López, empleando a Daniel Campos Lango, han decidido que los programas y los recursos destinados a combatir los rezagos de los más pobres, deben presentarse con bombo y platillo a los sectores más favorecidos de la sociedad.

Eventos magnos, invitados VIP, movilización de “simpatizantes” y folletería de lujo son algunos de los instrumentos que anuncian programas de drenaje y agua potable, de alimentación, de capacitación y empleo, de alumbrado público y de inclusión.

A diferencia de la cita evangélica un discurso tan alejado del PAN de hoy como su cercanía al neoliberalismo salinista y la parafernalia de Solidaridad, aquí los responsables de la lucha contra la pobreza si quieren que su mano derecha sepa lo que hace su mano izquierda y publicitan con bombo y platillo… lo que van a hacer.

Ese es el drama, los programas contra la pobreza tienen largo camino por recorrer antes de mostrar sus resultados. Es probable, incluso si se hacen con la mayor corrección posible, que cualquier avance de estos esfuerzos gubernamentales se vea hasta después de 2018. Sin embargo, a lo largo de estos meses y dado el tono de la presentación, nos veremos bombardeados por la imagen y la propaganda de ambas iniciativas.

De modo que, una vez más, como tantas otras en el pasado, veremos miles de millones de pesos, en el caso del estado; y cientos en el del municipio, destinados a programas que de social tienen una parte, pero mucho de político y de electoral, lo que de paso tergiversa la intención y mediatiza los efectos.

No deja de ser una utilización de la pobreza como escenografía de políticos que quieren reflectores y etiquetas de salvadores.

Una cosa sería que se colgaran todos los títulos después de haber realizado programas que resultaran evidentes en su éxito lo que, aunque chocante, sería justificado. Pero otra muy distinta es que ya quieran aplausos cuando apenas están anunciando lo que van a hacer con un discurso plagado de metas ambiguas y nada dimensionables.

Desde luego, siempre está la argumentación de que a un esfuerzo de esta naturaleza debe concedérsele el beneficio de la duda. La respuesta podría ser que lo hemos hecho muchas veces y la realidad nos ha mostrado a la postre lo equivocados que fuimos.

De lo que aquí se trata, simplemente, es de decir que un programa que busque beneficiar a los marginados de la tierra, debería proponerse ser, en primer lugar, modesto y discreto, de lo contrario es simple fariseísmo, término que está tan en desuso que ya ni en los sermones eclesiásticos se emplea.

No es, por supuesto, la primera ocasión en la larga historia de la humanidad que alguien se viste con sus mejores galas y lleva detrás de sí a una claque para que vitoreé sus dádivas a los pobres.

Los responsables de aplicar estás sumas estratosféricas tienen en sus manos la posibilidad de desmentirnos y dejar en evidencia tanto pesimismo. Sería bueno que lo hicieran.

 

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