Arnoldo Cuellar

Humberto Andrade: ser o no ser

In Botepronto, Zona Franca on agosto 31, 2015 at 3:48 am

El nuevo dirigente panista busca mostrar un halo de independencia que le de legitimidad; sin embargo la cuestión de fondo es si en verdad busca trascender o solo llegó para la foto.

Preocupado por adquirir un halo de legitimidad, tras participar en una elección sin contendiente a la vista, Humberto Andrade Quezada ha lanzado su cuarto a espadas en diversas declaraciones a medios: no será un dirigente complaciente, tampoco un aplaudidor.

Una de las primeras tareas que deberá llevar a cabo el nuevo dirigente panista es la de ratificar al ya nombrado coordinador de la bancada panista en el Congreso local, el delfín marquista para la gubernatura (uno de ellos) Éctor Jaime Ramírez Barba.

Aunque Andrade manifestó que esa decisión le correspondía y no estaba aún tomada, lo cierto es que resulta verdaderamente complicado cambiar el guión. Si bien lo hizo Ricardo Anaya con Gustavo Madero en el escenario nacional, la confluencia de alianzas en torno a la candidatura del queretano no se repite en Guanajuato.

Y aunque, en efecto, la sobriedad de Humberto Andrade es reconocida, lo cierto es que nadie espera que el PAN se convierta en un foro para cuestionar el gobierno de Márquez, cuando ni siquiera la oposición lo hace: el PRI se debate en guerras intestinas interminables y el PRD es ya solo un epígono del panismo marquista.

Andrade tendría que ser muy creativo para encontrar espacios donde el PAN busque asumir posiciones independientes. Además, ni siquiera hay motivo: el gobierno estatal se encuentra bien calificado, tiene al estado en una inmejorable situación económica, comparado con el país; y la hegemonía del PAN es de nuevo abrumadora.

Sin embargo, si lo que anhela en serio es reencontrar una motivación en el PAN que les permita superar el marasmo del chambismo, de pensar en la política solo como la forma de conseguir posiciones y sueldos, el nuevo dirigente no se puede limitar a administrar una simple franquicia política al servicio del gobernante en turno.

En su estilo, negociador y pausado, el exsenador leonés tiene que pensar en la mejor forma de encauzar al PAN como un procesador de las inquietudes ciudadanas, esas que hoy optan por buscar alternativas diferentes a las de los partidos y que pueden explotar en cualquier contienda electoral si se dan las condiciones.

En su mismo proceso de ratificación, pues fue eso más que una elección, Andrade puede observar el agotamiento del modelo al que llega a dirigir. La participación de los panistas en las ciudades medias y principales del estado, no superó el 40 por ciento; en Guanajuato capital, por ejemplo, apenas llegó al 36 por ciento. Mientras en los municipios pequeños donde el control político es más cercano, las votaciones fueron de antología: hasta el 98 por ciento del padrón se presentó en la urna.

Tanto civismo y participación es irreal. Lo cierto es que el PAN que encabezará Humberto Andrade es un partido corporativo y caciquil, tal y como lo construyó Juan Manuel Oliva desde fines de los años 90 del siglo pasado. Ese es, precisamente, el modelo que se está encaminando a su final, si no es que ya llegó.

Las alternativas son solo dos: administrar el ciclo terminal y tratar de alejarlo lo que se pueda en el tiempo; o hacer una profunda transformación que requeriría ideas políticas, liderazgo y capacidad de ejecución.

La gran pregunta es:  ¿Humberto Andrade quiere regresar a la política para salir en la foto, ingresar a una nómina y estar vigente o de verdad quiere trascender?

Si lo quiere hacer, tareas hay muchas, pues aún dentro de su buen posicionamiento, los gobiernos panistas de Guanajuato han incubado vicios y desviaciones que los han convertido a la mediocridad. Ciertamente, no se nota porque los de otras entidades parecen ser peores y el propio gobierno federal no ata ni desata. Empero, resignarse a eso es, precisamente, muestra de grisura y conformidad.

Veremos pronto si, en efecto, en el nuevo jefe panista hay capacidad de liderazgo o si, más allá de no aplaudir, simplemente se queda en la butaca como espectador.

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