Arnoldo Cuellar

Bárbara y Salim: el color del dinero

In Botepronto, Zona Franca on marzo 9, 2015 at 3:49 am

Ambos políticos, con una historia de entendimientos entre sí, decidieron el interinato de León en un pacto que busca beneficios mutuos y para sus aliados en el sector inmobiliario.

Los dos son candidatos a diputados por la vía plurinominal. Los dos permanecerán vigentes en el próximo Congreso. Ambos tienen graves señalamientos de corrupción en su desempeño político. Los dos son impresentables: una debió dejar la alcaldía para no perjudicar a su partido; el otro perdió una elección por su fama pública.

Ambos se entienden desde hace tiempo: la contraloría manejada por uno no ha hilvanado un solo procedimiento contundente contra la administración encabezada por la otra, no obstante un sinnúmero de casos de evidente corrupción, sobreprecio, ineficacia, incumplimiento de la ley y denuncias públicas.

Juntos, Bárbara Botello y Miguel Salim han gobernado León con un cemento que los une por encima de ideologías: los negocios desde el poder.

Cuando Ricardo Sheffield se disponía a pedir licencia para buscar una senaduría, la alianza de Miguel Salim, presidente del PAN, y Bárbara Botello, líder moral de la oposición priista, amarró los votos para decidir un interino en contra de los intereses del entonces alcalde. El resultado: la licencia quedó en el olvido y la senaduría también.

Curtidos por la experiencia, empoderados por las dirigencias de sus respectivos partidos a las cuales no parece importarle la clase de políticos que impulsan, Miguel Salim y Barbara Botello llegaron de nuevo a rápidos acuerdos: un interino que les conviene a ambos y varios compromisos por cumplir.

Por ejemplo, en la agenda se encuentran dos temas relevantes para el crecimiento de la ciudad, temas que implican mucho dinero y especulación inmobiliaria. En lo primero no son expertos nuestros personajes, ni les importa; en lo segundo son los amos del tinglado.

El primero es El Molino y su constante expoliación de recursos públicos para subsanar obligaciones que son de su absoluta responsabilidad. Los favores de las administraciones de Ricardo Sheffield y Bárbara Botello ya le han ahorrado a ese fraccionamiento propiedad de la poderosa familia Leaño de Guadalajara, más de cien millones de pesos.

A pocas horas de irse, Bárbara Botello buscaba regalarles otros 21 millones de pesos en pagos de expropiaciones del distribuidor vial norte, una obra que si a alguien producirá beneficios es a ese desarrollo de alta plusvalía.

Otro caso es el del fraccionamiento Brisas del Campestre, propiedad del empresario Valente Aguirre, que pretende cambiar su traza para incorporar nuevos terrenos con factibilidad de ser desarrollados, no obstante que colindan con el relleno sanitario de El Verde, en una abierta violación a normas ambientales locales y federales.

La conjunción de intereses políticos y económicos que vinculan a Bárbara Botello y Miguel Ángel Salim, muy bien pueden entenderse a partir de estos dos casos. La construcción de la mayoría en torno a Octavio Villasana quedará severamente cuestionada si en las próximas semanas reaparecen los mismos votos para validar el obsequio al Molino o el crimen ecológico que significa la modificación del trazo en Brisas del Campestre.

Entonces sí, todos los argumentos del PAN en trono a la bonhomía del doctor Octavio Villasana y las protestas del propio alcalde interino, de que busca lo mejor para la ciudad, quedarán como la mayor simulación de la historia reciente de León.

Y Gustavo Madero, que hace unos días hacía el chiste de la “Botello no retornable”, deberá ver como su nuevo protegido, Salim, realiza alianzas bajo cuerda, utilizando para ello a los regidores panistas como si fueran de su propiedad, para darle a la priista una auténtica bocanada de oxígeno.

Cuando ello ocurra, los socios de esta trama de manipulación y componendas de poder para consumar el enésimo atropello al equilibrio urbano de León, estarán carcajeándose desde sus lujosas oficinas donde harán campaña… sentados en el escritorio y con las curules de San Lázaro a la vista.

Quizá piensan que desde allá podrán seguir maquinando negocios los próximos años, sin importar las tonalidades políticas que les sirven de pantalla y que apenas ocultan lo que verdaderamente los une: el desnudo color del dinero.

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