Arnoldo Cuellar

León: partidos hechos bolas

In Botepronto, Zona Franca on enero 12, 2015 at 3:35 am

León es la última plaza que conocerá los aspirantes a gobernarla; no es para menos, PRI y PAN le tienen respeto a un electorado que los ha echado del poder.

El municipio de León, la principal plaza política de Guanajuato y cabeza de una zona metropolitano que pronto llegará a los dos millones de habitantes, ha puesto en jaque a los partidos políticos, algo que, si no fuera por las consecuencias prácticas que comporta, incluso pudiera parecer una buena noticia.

En efecto, el hecho de que ninguna de las principales fuerzas políticas esté pensándose dueña de los votos leones como un patrimonio inalienable, habla de la madurez que ha alcanzado un electorado que tiene en su haber un historial de autonomía política y de rebeldía contra las imposiciones.

León nunca fue una plaza priista durante la larga dominación de ese partido en México y en Guanajuato en el siglo XX. Cuando la normalidad la constituían los fraudes electorales, en León una y otra vez se rellenaron las urnas de votos priistas, para sacar adelante candidaturas de políticos priistas y de empresarios cooptados por el PRI.

El fraude era obligado para contrarrestar un ánimo al que se le calificaba de levantisco y conservador, pero que más bien provenía de una profunda animadversión contra unos gobiernos que no dudaron en emplear la violencia para imponer, primero una ideología que más que laica fue anticatólica; y después para burlar el voto sin recato alguno.

Un gobernador priista lo reconoció en una ocasión delante de un grupo de periodistas, en la década de los ochentas: “En León a todos los candidatos hay que darles ‘una ayudadita’.”

Eso se acabó en 1988, cuando una conjunción de renovación democrática, capitalizada por la izquierda en muchas regiones del país y por la misma vieja derecha civilista en León y Guanajuato, arrinconó al PRI en medio de una elección presidencial que estuvo al borde del descarrilamiento.

Esa vez no hubo fraude que valiera y las urnas llenas de siempre fueron reventadas y quemadas en plena vía pública por grupos perfectamente organizados de panistas que se enfrentaron al todavía intimidante aparato priista.

La ola de autoafirmación y orgullo llevó al PAN, sin alianzas de ninguna especie, a poner en jaque la elección estatal tres años después, en un moviendo liderado por Vicente Fox y a provocar un interinato encabezado por un panista, el mismo que había ganado la elección 3 años antes en León: Carlos Medina.

La hegemonía blanquiazul en León duró un cuarto de siglo menos un año. En ese lapso, los panistas llegaron a sentirse dueños de la voluntad ciudadana en León y en Guanajuato. La soberbia los empujó a cometer, en un periodo de tiempo mucho menor, los mismos errores de los priistas: desprecio de la opinión ciudadana, apropiamiento de las instituciones públicas, nula autocrítica y, finalmente, corrupción que empezó con pequeñas tropelías para llegar a los desfalcos faraónicos de los últimos años.

Así, se produjo el regreso del PRI en León, tras 24 años de ser una oposición deshilvanada, intermitente, colaboracionista y, no pocas veces, ausente del escenario. No fue un regreso producto de armas propias, sino del desfondamiento de los contrarios. Un mal gobierno, caprichoso y desafiante; y un pésimo candidato, de dudosa reputación y nula confiabilidad, maniataron al PAN y lograron el milagro de regresarle León al PRI.

La evidencia de que los nuevos representantes del PRI no estaban preparados para gobernar y hacer historia, sino que solo llegaron a llenar el hueco y rezar para su santo, en todos los sentidos, lo evidenció el rápido deslizamiento de la opinión sobre la alcaldesa Bárbara Botello, de una cierta esperanza llena de dudas, a la certeza de que los priistas no solo no se habían corregido, sino que empeoraron.

Por eso, hoy, con plena razón, los partidos políticos y quienes en ellos toman decisiones, se encuentran paralizados. Hoy saben que nadie es dueño del voto de los leoneses y que el peso específico del candidato será determinante.

No en balde los jerarcas nacionales del PRI, desde el propio Enrique Peña Nieto, que de ninguna manera es ajeno a lo que pasa, descartaron ya a cualquier militante priista para hacerlo candidato, sea o no cercano a Bárbara Botello. Solo un externo, prestigiado y con historial cercano al PAN, como es José Ángel Córdova, puede tener una posibilidad de superar el descalabro de la administración actual.

No en balde, Miguel Márquez se encuentra lleno de dudas sobre sus propios candidatos y se ha montado en una cruzada para impedir que Gustavo Madero y Luis Alberto Villarreal le impongan a un Ricardo Sheffield que tiene el mayor reconocimiento en las encuestas, pero no precisamente por sus atributos.

Casi con desesperación, porque no obedece a un plan sino a una coyuntura, Marquez ha propuesto a su Secretario de Desarrollo Económico, Héctor López Santillana, apreciado entre el sector empresarial y con una buena imagen social que no logró mellar el escándalo de la compra de los terrenos de la frustrada refinería de Salamanca.

De caminar el intento, el mandatario se estaría desprendiendo de uno de los colaboradores que mejores resultados le entregó en estos dos años, no obstante la inicial desconfianza que le fue dispensada.

En este panorama, solo queda lamentar la ausencia de la izquierda, así sea testimonialmente. La cada vez más recurrente versión de que la corriente perredista de “los chuchos”, de común acuerdo con el gobernador Miguel Márquez, está impulsando al diputado priista Guillermo Romo como su abanderado en León, resulta de un patetismo enternecedor. Si se concreta, serán el hazmerreír de la contienda, como si les faltara.

Por lo demás, el hecho de que ya prácticamente haya candidatos de los principales partidos en todos los municipios de Guanajuato, salvo en León, tiene una lectura: se trata de un electorado que le ha impuesto respeto a toda la clase política, una hazaña si se piensa que ésta no se ha caracterizado por su talante democrático ni por su disposición a escuchar.

Si así ocurre, si José Ángel Córdova y Héctor López se enfrentan como los principales contendientes por la alcaldía de León, lo primero que debe decirse es que se anticipa una contienda de respeto y de propuestas.

Para ello hará falta que ambos contendientes, que llegan en situación de imponer condiciones, resistan los embates de los partidos que quieren usarlos como mascarón de proa: ni planillas arreglados para contentar a liderazgos espurios, ni imposición de gabinetes.

Ya se ha filtrado que Bárbara Botello pretende imponer al cuestionado tesorero de su gobierno, Roberto Pesquera, como regidor en la planilla de Córdova; y que Eugenio Martínez quiere asegurar la chamba de una caterva de funcionarios ecologistas que son tan responsables del desprestigio de la administración como la propia alcaldesa.

Y no es remoto que los Salim, los Oliva, los Ling y otros por el estilo, quieran posiciones en el proyecto de cabildo panista.

Puede sonar exagerado, pero todo indica que en una elección donde cada voto va a contar, el primero que ceda a la componenda partidista, a los cotos de poder y a la presión de camarillas, puedo pagarlo con creces en las urnas.

  1. Reblogueó esto en reynamartinez09y comentado:
    Excelente historia de las contiendas electorales, breve pero sustancial

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