Arnoldo Cuellar

¿Hay en León empresarios de primera y de segunda?

In Botepronto, Zona Franca on febrero 18, 2014 at 3:38 am

Hay quienes piensan que fueron los reclamos de los empresarios de León, sobre todo los organizados en cámaras y asociaciones, lo que provocó la decisión de Bárbara Botello de cambiar al Secretario de Seguridad Pública del municipio.

Parece que no hay nada más alejado de la realidad. A la alcaldesa Bárbara Botello la tienen sin cuidado lo que piensen los hombres de negocios de León… salvo unos cuantos.

La campaña para clausurar giros comerciales, empresariales y hasta oficinas de servicios por parte de la Dirección de Desarrollo Urbano a cargo de Oscar Pons González, se frenó cuando cundieron las protestas y las inconformidades se generalizaron, no cuando lo plantearon los organismos empresariales.

A partir de allí, las clausuras han sido selectivas y tienen trasfondo la mayor parte de las veces. Sin embargo, la reacción empresarial se ha congelado y los organismos se muestran incapaces de defender a sus agremiados.

Ya se ha reseñado como un verdadero batallón de inspectores de Desarrollo Urbano desembarcó hace una semana en los outlets ubicados a la salida a Silao, Mulza, para buscar un motivo de infracción, según se dejó sentir en la propia actuación.

Lo encontraron en los anuncios espectaculares que posicionan el lugar y, sin mediar advertencia de ningún tipo, se procedió a la colocación de espectaculares mantas de clausura en color amarillo chillante que necesariamente confunden a los potenciales compradores.

La autoridad no buscó hacer cumplir la ley, sino dañar a un particular con toda la saña de que fue capaz. Extraño, proviniendo de un empresario mesurado y apartidista como Oscar Pons González, quien al parecer está quemando sus naves como ciudadano para subirse a la errática nave del barbarismo más radical o la más proclive a cumplir órdenes sin cuestionarlas.

Extrañamente, la clausura de los anuncios de Mulza coinciden con un relanzamiento publicitario, mediante espectaculares por toda la ciudad, de Factory Outlets, la plaza comercial instalada a un costado, propiedad del presidente del Patronato de la Feria designado por Bárbara Botello, José de Jesús Padilla Moreno. ¿Casualidad o estrategia de pinza?

El gobierno tranquilo que alguna vez prometió Bárbara Botello está siendo todo, menos eso. Lo que nunca dijo era que aplicaría decisiones unilaterales y parciales, omitiendo el carácter igualitario de la ley.

Esa sí es toda una trasgresión a las normas de convivencia y civilidad a que está comprometido un gobierno, aunque sus integrantes se solacen citando aquella lamentable frase de Benito Juárez que tanto gusta a los priistas y tan a menudo emplean: “A los amigos justicia y gracia. A los enemigos, la ley a secas.”

El Outlet Mulza es, además de un exitoso negocio, una solución imaginativa a la crisis de la industria del calzado, amenazada por muchos factores, pero sobre todo por la agresividad comercial del zapato extranjero.

Un punto de venta que ha logrado concentrar las principales marcas de la ciudad, con un concepto abierto y atractivo, en un sitio de fácil acceso y con amplios espacios de estacionamiento, representa sin duda una espléndida oportunidad para fortalecer la comercialización del producto más emblemático de León.

Su ubicación a la entrada de la ciudad se ha convertido en un punto de atractivo para visitantes que vienen, precisamente, a adquirir calzado de buena calidad, desde ciudades circunvecinas y otras más alejadas.

Cualquier fin de semana del año, no se diga los que coinciden con puentes festivos o con eventos en la ciudad, el lugar está abarrotado de familias que salen cargadas de bolsas con sus compras de las diversas zapaterías y tiendas.

Mulza se ha convertido también en una importante fuente de empleo y tiene satisfechos a los industriales que han abierto expendios en ese lugar. La oferta es amplia y la presencia de unas marcas ha llevado a otras a instalarse, en un círculo virtuoso que tiene como gran ganador a los consumidores.

En una ciudad de historia zapatera y de vocación comercial, el negocio ideado por  Refugio Muñoz Loza, se ha convertido en una verdadera locomotora. Prueba de ello es la instalación posterior de por lo menos cuatro plazas comerciales más en la zona, una de ellas de magnitud impresionante y de diseño innovador, como es Altacia, de la familia Arena.

El Factory, de la familia Padilla, también pretendió beneficiarse del éxito de Mulza, pero su diseño, como un epígono simple de ésta, no les ha ayudado mucho, pues no han logrado posicionarse, ni por cantidad ni por calidad de los establecimientos.

Es en este contexto que llama la atención poderosamente la actuación del gobierno municipal, un gobierno que se dice preocupado por la creación de empleos y que se ofrece como facilitador de los negocios, por lo menos en el discurso, pero que en la práctica se muestra como una burocracia represiva, selectiva y muy discrecional.

Hace unos días se anunció con bombo y platillo que el gobierno de León conseguirá 300 millones de pesos, aproximadamente, de recurso público federal para apoyar a particulares que pretenden establecer un parque industrial en León, donde destaca la presencia de Oscar Flores, un empresario que se ha caracterizado por un historial poco ortodoxo, por decir lo menos.

La promesa a cambio de hacer posible un negocio privado con dinero público es la creación de miles de empleos en el futuro.

Lo que suena incongruente es que, en el presente, se tomen a la ligera decisiones que pueden afectar empleos ya existentes.

A menos, desde luego, que desde el gobierno municipal de Bárbara Botello se haya establecido ya una demarcación entre empresarios de primera y otros de segunda clase.

De la priista Bárbara Botello, una abogada litigante acostumbrada a confrontarse, no se extrañan las actitudes beligerantes y sectarias. Además, el historial del PRI en general nos habla del uso del poder para fines particulares, para perjudicar a los enemigos y beneficiar a los amigos.

Sin embargo, extraña que el instrumento de esas acciones sea un empresario y ciudadano como Oscar Pons González, quien teóricamente no vive de su salario burocrático y que participa en el servicio público con ánimo de servir y de contribuir a la profesionalización de los procesos.

A menos, claro está, que como quería el admirado José Emilio Pacheco, Oscar Pons ya se haya convertido en todo aquello que odió a los 20 años. Suele suceder.

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