Arnoldo Cuellar

Nacionalismo, el fantasma que vimos morir

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on enero 2, 2014 at 12:10 am

El nacionalismo fue la ideología que marcó al siglo XX mexicano.

Se produjo lentamente en la amalgama de acontecimientos que a la postre llamamos Revolución Mexicana y que en su momento no fueron sino una larga guerra civil que enfrentó, literalmente, a todos contra todos.

Su mayor aportación, a no dudarse, fue el de darnos una viabilidad como nación en el concierto mundial, superar el largo conflicto en el que vivimos en el primer siglo de nuestra independencia y que produjo la mutilación del territorio original y varias invasiones de potencias extranjeras.

El nacionalismo, con su apellido de revolucionario, fue monopolizado por una clase política que pretendió la unanimidad de la representación del país; que desconfió sistemáticamente de la oposición, algunas de cuyas expresiones fueron intransigentemente perseguidas; que se quiso dueña del país y sus recursos; y que aunque defendió la autonomía de la nación, lo hizo mayormente pensando en privilegios exclusivos a los que subordinó el interés mayoritario.

La clase política priista tuvo entre sus mayores activos la construcción de un modelo de gobierno que institucionalizo y pacificó las transiciones políticas.

El modelo, además, incorporó a beneficios marginales, bajo esquemas de relativa “benevolencia” a las masas empobrecidas del país, a cambio de su subordinación y su lealtad política. Por otra parte, prohijó un élite empresarial con exenciones, concesiones discrecionales y también con complicidades que hicieron transitable el paso de la política a los negocios.

Sin embargo, todo eso fue insuficiente. Al final el modelo fracasó, aunque debe reconocerse que extendió su vigencia más allá de lo previsible, sobre todo por dos ingredientes: su cerrazón evolutiva ante el crecimiento de un segmento más educado de la población, una clase media con aspiraciones políticas pero sin la paciencia de militar en un aparato cerrado cuyas vías de ascenso pasaban por la sumisión y el servilismo y no por los meritos personales; y la inacabable corrupción extendida desde el vértice de la pirámide hasta sus cimientos.

En el PRI que perdió el poder en las últimas décadas del siglo XX, el PRI de los tecnócratas neoliberales, la vertiente nacionalista se había debilitado notablemente. Sin embargo, en las bases y en los cuadros medios de ese partido, todavía latía el sentimiento, a grado tal que se produjo una escisión, en 1988, justamente la que potenció la corriente política de izquierda que tanto protagonismo tuvo en la construcción de la primera alternancia de la etapa moderna de México.

Pero, incluso en el PRI, quedaron estamentos que le daban equilibrios a las visiones exclusivamente neoliberales. Fueron los que reconstruyeron el partido después de la debacle del año 2000 e impidieron su desaparición. Lejos de expresidentes como Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, que vivieron exilios voluntarios e involuntarios, cuadros como Beatriz Paredes, Roberto Madrazo, la propia Elba Esther Gordillo en una etapa, Manlio Fabio Beltrones o Enrique Jackson, entre otros muchos, sacaron a este partido de su postración, lo convirtieron en el principal freno de mano de las dos presidencias panistas y le dieron viabilidad a un regreso al poder que si bien no les tocaba encabezar, por su peso muerto electoral, tampoco hubiera ocurrido sin ellos.

El nacionalismo duro se refugió, por otra parte, en la oposición de izquierda. En los históricos ex priistas como Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Andrés Manuel López Obrador, Manuel Camacho y Ricardo Monreal; en los viejos militantes de la izquierda radical, aglutinada en el PSUM; y en los integrantes de la izquierda más domesticada, como los famosos “Chuchos”, actualmente al frente del PRD.

El PAN vivió otra historia. Aunque nacionalista en sus orígenes, los cuadros que lo llevaron al poder de la mano de una reacción de hartazgo y una gran sentido de esperanza, no tenían en su agenda la prioridad de defender un proyecto de nación. Vicente Fox y Felipe Calderón incluso entregaron el control de las operaciones de seguridad a agencias de los Estados Unidos y si no avanzaron más en concesiones como las energéticas, fue por la carencia de acuerdos parlamentarios y el enfoque priista en impedirles la realización de reformas profundas.

Este panorama cambió por completo en el año que acaba de terminar. El PRI, engolosinado por su regreso al poder y dominado por la blitzkrieg peñista que dio su mejor golpe de efecto con el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo, un hecho táctico que más que convencer a la nación de sus intenciones, logró el milagro de disciplinar a los dispersos y semiautónomos clanes priistas, como los gobernadores, los viejos líderes sindicales, los líderes camerales y los cuadros sin adscripción visible.

La velocidad del nuevo presidente, a quien parece que todos sus adversarios, externos e internos, subestimaron, puso en evidencia que el nacionalismo que todavía pataleó con fuerza cuando la aprobación salinista del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, era ya sólo un fantasma, incluso entre la izquierda más radical.

Las masas nunca tomaron la calle. Las movilizaciones multitudinarias de seis años antes, cuando López Obrador se negó a reconocer el triunfo raquítico de Felipe Calderón, nunca lograron ser equiparadas. La radicalización de grupos pequeños de universitarios y maestros planteó más molestias a los ciudadanos que retos serios al gobierno priista.

Además, la mayor parte de las protestas radicales no se dieron por la reforma constitucional que eliminó el régimen de Pémex como monopolio estatal, sino por la reducción de privilegios contractuales a una pequeña parte del magisterio nacional.

El colmo fue cuando el más férreo opositor al cambio de régimen del esquema energético, se vio imposibilitado de encabezar las protestas en su momento culminante.

El ingreso de Andrés Manuel López Obrador, afectado por un sorpresivo infarto, a un hospital privado al que no tienen acceso los millones de mexicanos a los que ha dedicado sus luchas de los últimos años, parece una metáfora del cambio de país que se puso en evidencia en 2013.

Es difícil predecir lo que surgirá de las reformas concretadas a toda prisa, con escasa oposición y sin mayor reflexión por el Congreso mexicano en el último semestre. Lo cierto es que cualquier cosa que emerja será muy diferente al país que fuimos durante la dictablanda priista y en los caóticos años de la alternancia panista, para bien o para mal.

El viejo nacionalismo aislacionista que nos ayudó a sobrevivir un conflictivo siglo XX y nos dio una relativa tranquilidad, también nos ató a muchas condiciones imposibles de mantener en el nuevo esquema global.

Lo peor de todo es que hoy en día nadie parece tener alternativas a lo que, pese a todo, fue una solución eficiente en su momento. No las busca la clase política en torno al presidente Enrique Peña Nieto, cuya apuesta es que la caída de las ortodoxias nacionalistas se vea compensada por un crecimiento económico casi milagroso; no las tienen los priistas de antaño, apenas sobrevivientes en el regreso al poder de sus siglas pero no de sus certezas; tampoco las posee la izquierda en ninguna de sus vertientes, presa de sus torpezas tácticas y de su persistente falta de imaginación; menos se encuentran en el PAN que las enterró hace tiempo y que hoy se revuelca en las consecuencias de su arribo no tanto al poder como a sus posibilidades corruptoras.

Las consecuencias de los cambios, de la soberbia o la ignorancia de quienes los conducen, son imprevisibles. Véase por ejemplo lo que ocurre en el norte del país, donde después de años vuelve a escucharse un discurso que ya nos era ajeno: el del separacionismo.

Probablemente, este 2014 que empieza nos ofrezca algunas pistas de los cambios que hemos desatado y cuyas consecuencias ya no nos pedirán permiso.

A %d blogueros les gusta esto: