Arnoldo Cuellar

El último de los cristeros

In Botepronto, Zona Franca on noviembre 15, 2013 at 3:18 am

El gobernador Miguel Márquez, originario de los Pueblos del Rincón, creció en un entorno social fuertemente militante a favor de la religiosidad tradicional.

Ese territorio es la cuna de la lucha cristera en Guanajuato y en México y uno de los últimos lugares en donde se apagaron los rescoldos de esa contienda.

Allí nació el sinarquismo y el panismo tiene una fuerte raigambre católica, tradicionalista y provinciana.

El propio Márquez es un ejemplo de ese contexto: hizo estudios en el seminario antes de tener una experiencia migrante y, finalmente, concluir una carrera de abogado en una universidad privada de León.

Por eso no extrañan los conceptos del gobernador sobre la familia, sobre la moral, sobre los valores tradicionales. Son muy suyos.

Sin embargo, donde las cosas ya no funcionan es cuando el gobernante trata de aplicar el rasero de sus conceptos personales a la amplia y rica gama de la vida social y cultural de un estado que es de los pocos que mantienen un ritmo de crecimiento en el México actual; que recibe inversiones y visitantes de todo el mundo, que se ha abierto al contagio de otras culturas.

En Guanajuato hace 40 años que hay un festival cultural que ha traído manifestaciones de lo mejor del arte de los cinco continentes. Las plantas de industrias del  ramo automotriz y su proveeduría, de origen norteamericano, alemán, japonés e italiano, son ya parte de nuestro paisaje.

Hace apenas unos días, Márquez acudió a Nueva York en compañía del alcalde de San Miguel Allende, Mauricio Trejo, a recibir un galardón para reconocer a esa población como un destino turístico internacional de primer orden. Allí mismo, en esa ciudad Patrimonio de la Humanidad, una próspera colonia extranjera, sobre todo norteamericana, se ha integrado a la vida comunitaria, aportando otra visión de mundo.

Quizá por eso no extraña que para salir del mal paso en el que se ha colocado el gobierno por su incompetencia para incorporar los nuevos instrumentos de la perspectiva de género en sus políticas públicas y sus protocolos de actuación, se haya acudido al expediente de tropicalizar un programa de las Naciones Unidas para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres.

En cambio, lo que sí extraña es que se decida colocar al frente del Consejo integrado para supervisar esa tarea, a una militante de grupos ultraconservadores que tiene en su historial el dudoso honor de haber convocado a una quema de libros de texto de biología hace cuatro años, por la “razón” de que contenían lecciones de educación sexual para niños de primaria.

Lourdes Cásares Espinosa es una respetable ideóloga de la derecha panista más conservadora. En sus articulos ha puesto en duda a las ONG’s que luchan contra el incremento de los feminicidios; combate vigorosamente la perspectiva de género para promover la perspectiva de familia; rechaza otras familias que no sean la tradicional; el aborto no tiene justificación ni siquiera en casos de violación; los métodos anticonceptivos, particularmente el condón, le merecen duras críticas, en tanto defiende a la castidad como único comportamiento sexual permisible antes del matrimonio.

Todo muy bien, en tratándose de su opción personal. Donde ya no cuadran las cosas es que se le coloque al frente de un organismo consultivo que supervisará una política pública que impactará buena parte de las acciones de gobierno.

Colocar a una militante del conservadurismo al frente del Consejo para Erradicar la Violencia contra las Mujeres, significa una afrenta directa a las organizaciones más activas en esta lucha, que han llevado a cabo sin ayuda del Estado y muchas veces en su contra.

Se trata de una decisión sectaria y militante, actitudes que por definición debería evitar un gobierno que se debe a todos y no sólo a quienes piensan de una determinada manera.

La decisión, valorada por un Miguel Márquez a quien le gusta controlar al extremo todos los pormenores de lo que ocurre en su administración, significa que el gobernador se ha puesto las viejas cananas cruzándole el pecho y está dispuesto a dar la batalla por sus muy personales valores y conceptos, los del catolicismo ultramontano de prncipios del siglo XX.

Así, a caballo entre la modernidad económica del Estado y el rechazo a las nuevas expresiones identitarias  con su reclamo de equidad de derechos y respeto a la diferencia, Miguel Márquez se dispone a convertirse en el último de los cristeros. Será la historia de una tragedia.

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