Arnoldo Cuellar

Romero Hicks o el deshonor

In Botepronto, Zona Franca on mayo 23, 2013 at 3:38 am

El senador guanajuatense Juan Carlos Romero Hicks fue el único de los 24 firmantes de una carta de rechazo a la intromisión de Gustavo Madero en la coordinación del grupo panista en el Senado, que acudió a la reunión donde se designó a José Luis Preciado como relevo de Ernesto Cordero.

El ex gobernador panista, quien preside la comisión de Educación de la Cámara Alta, también se encuentra en el ojo del huracán en Guanajuato por una iniciativa que se encuentra impulsando a trasmano en la que fuera su Alma Mater como académico y político: la obtención de un doctorado Honoris Causa que vendrá a completar su currículo.

 

Romero Hicks ha sido profesor, director de facultad, secretario general y rector de la Universidad de Guanajuato, cargo este último al que llegó por la designación de Carlos Medina Plascencia, el primer gobernador panista de Guanajuato, en 1991, quien ocupó un interinato tras la decisión de Ramón Aguirre Velázquez de no asumir el cargo que había ganado en medio de acusaciones de fraude.

 

En ese primer rectorado, Romero Hicks hilvanó con habilidad entre las diferencias del Congreso de amplia mayoría priista, encabezado por Carlos Chaurand Arzate, y el gobernador panista, para obtener sin mayores complicaciones la declaración de autonomía de la Universidad de Guanajuato.

 

Medina Plascencia no parecía tener ningún interés en conservar a la Universidad bajo la férula del Estado. Por su parte, el PRI calculaba que una universidad autónoma permitiría entregarla al control panista desde el Poder Ejecutivo.

 

No fue así, el propio Romero Hicks se encargó de erigirse en el factótum de la UG, logrando dos reelecciones consecutivas. En la mitad de su tercer periodo, en 1999, recibió una invitación del ala de ultraderecha en el PAN al que se le había agotado la cantera de cuadros confiables y enfrentaba la posibilidad de perder la carrera interna por la gubernatura a manos de un empresario leonés de corte liberal, Eliseo Martínez Pérez, para ser precandidato a ese cargo.

 

Juan Carlos Romero Hicks dejó la rectoría de la Universidad en manos de una de sus colaboradoras, Silvia Álvarez Bruneliere, para lanzarse a una campaña de más de medio año para ganar la candidatura panista, lo que ocurrió en una cerrada y accidentada convención, donde venció a Martínez Pérez por menos del 1 por ciento de los votos y propició una división en el PAN de Guanajuato.

 

En comparación con la elección interna, la constitucional fue un paseo, al verse empatada con la elección presidencial que llevó al poder a Vicente Fox. Romero ganó la gubernatura con una votación de 2 a 1 sobre Juan Ignacio Torres Landa.

 

Siendo todavía candidato, volvió a operar con sus alfiles universitarios para dejar como rector a a quien fuera su consejero jurídico en la Universidad, Cuauhtémoc Ojeda.

 

Ya como gobernador, Romero Hicks intervino cuantas veces quiso en la Universidad de Guanajuato: retiró a Ojeda mediante el expediente de invitarlo a su gabinete como Secretario de Seguridad, para evitar que se reeligiera; maniobró para designar como rector interino a Sebastián Sanzberro; después impidió la posible reelección de este, para empujar al doctor en mecánica Arturo Lara López.

 

Siendo aún gobernador, Romero retuvo la realización de una reforma universitaria que pretendía departamentalizar la institución, por considerar que no era conveniente. Llevar a cabo este cambio sólo fue posible cuando arribó a la gubernatura Juan Manuel Oliva, en el 2006.

 

Desde Conacyt buscó seguir teniendo influencia en la Universidad de Guanajuato. Antes de dejar esa cargo, designó a su director adjunto, el matemático Antonio de la Peña, como director del Cimat, el centro de investigaciones ubicado en Guanajuato que mantiene estrechas relaciones con la Universidad local. De la Peña es actualmente miembro del Colegio Directivo de la institución; el igual que Silvia Álvarez Bruneliere, también ex colaboradora de Romero en Conacyt.

 

Con esta historia queda claro que la presencia de Romero Hicks en la Universidad de Guanajuato ha sido determinante durante los últimos 22 años. De ellos, ha sido rector por ocho años y ha intervenido directa o indirectamente para decidir los rectorados durante otros ocho años. Buena parte de los directivos y mandos universitarios han tenido que ver con Romero como subordinados.

 

La autonomía universitaria ha tenido una grave limitación: no ha operado frente a su autor. Si bien la UG está ajena a las influencias de partidos políticos, no lo ha sido a la de un político en particular: Romero Hicks.

 

Por eso, suena por demás aberrante que un grupo de destacados universitarios, identificados todos ellos con Juan Carlos Romero, hayan estado impulsando y estén a punto de lograr la aprobación para que el senador panista obtenga el doctorado honoris causa que la Universidad de Guanajuato está promoviendo.

 

Como los romeristas ocupan puestos clave en los comités y consejos donde se decidirá esta distinción, no es lejano que pronto veamos al presidente de la comisión de educación del Senado que promueve una reforma para que los maestros sean sometidos a evaluaciones para mantener su puesto, recibiendo un doctorado por razones políticas y corporativas.

 

El doctorado honoris causa reconoce trayectorias académicas, aportaciones sustantivas en una disciplina en particular o contribuciones decisivas a la humanidad.

 

Nada de eso es reconocible en la carrera de Romero Hicks. Ni su carrera en Relaciones Industriales o sus maestrías en Ciencias Sociales y Negocios, muestran aportaciones sustantivas. Su trayectoria académica se interrumpió para dar paso a su exitosa carrera como funcionario y político, donde tampoco ha pasado de ser uno más en el escenario político nacional. Su desempeño en Conacyt, donde fue cesado antes de concluir el sexenio de Felipe Calderón, fue irrelevante y muy criticado por la comunidad científica. Su tarea como político aún está en proceso y no puede ser valorada.

 

Sin embargo, quizá lo más grave es que Romero haya aceptado una postulación otorgada por una institución a la que no sólo pertenece como integrante destacado, sino sobre la que ha ejercido un largo dominio. En términos académicos eso tiene un nombre: endogamia. Y es gravemente criticada.

 

Así, sin méritos propios, con un pésimo sentido de la oportunidad y utilizando recursos usuales en la política pero repudiados en el ámbito de la cultura y la educación, como el cobro de lealtades, Romero Hicks adquirirá el grado de doctor Honoris Causa, por la vía del deshonor.

 

Con esas cartas credenciales, el senador panista se dispone a mantenerse en la presidencia de la Comisión de Educación del Senado, tras haber trasvasado sus lealtades de Ernesto Cordero a José Luis Preciado, en cuestión de horas. Con ellas, Romero presidirá los debates donde se tratará de establecer la mejor forma de evaluar a los maestros y mejorar la calidad de la educación. El doctor Romero Hicks entra en escena.

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