Arnoldo Cuellar

Los primeros 60 días

In Botepronto, Zona Franca on noviembre 26, 2012 at 3:06 am

Es el séptimo panista que ejerce la titularidad del poder Ejecutivo de Guanajuato, aunque apenas sea el cuarto que gana una elección y, a sus escasos sesenta días al mando, Miguel Márquez Márquez ya deja ver lo que es un estilo personal de gobernar.

Arribó a la candidatura panista sin buscarla, por lo menos no de manera obsesiva o enfática. Eso lo comparte con varios de sus antecesores: Carlos Medina, mandatario interino que fue sorprendido por una decisión política mientras vacacionaba fuera del país; Juan Carlos Romero fue literalmente extraído de la rectoría universitaria por Juan Manuel Oliva y Elías Villegas; Héctor López Santillana esperó en una antesala a que Oliva, Márquez y Fernando Torres Graciano jugarán un pulso para definir el interinato.

En cambio, Vicente Fox Quesada peleó dos elecciones y luego usó fríamente la gubernatura como plataforma para una candidatura presidencial que alteró, así haya sido temporalmente, los equilibrios de poder en México. Ramón Martín Huerta llegó a un interinato previsto y premeditado. Juan Manuel Oliva trabajó la gubernatura mediante una campaña de seis años y la construcción de un entramado político que aún pesa.

En ese sentido, y aunque ahora busque la distancia con afán, Márquez resulta un epígono de la planificación olivista, imposible de pensar como proyecto autónomo sin referirse al apoderamiento que el ex gobernador logró del PAN y de las estructuras gubernamentales del estado y de los municipios donde su partido ejercía el mando.

Por eso, los primeros distanciamientos y confrontaciones, soterradas muchas, discursivas apenas otras, son los primeros signos de una voluntad política en Márquez, incipiente como candidato, más marcada en el periodo de gobernador electo y manifiesta en hechos a partir del 26 de septiembre.

El gabinete es una primera muestra del estilo personal del político de Purísima de Bustos. Dos nombramientos marcan una distancia fundamental con su antecesor y protector, por lo menos hasta la precampaña: la incorporación de un cuadro como Javier Usabiaga, adversario histórico de Oliva, en Desarrollo Agropecuario; y la designación de Juan Ignacio Martín Solís, funcionario abiertamente vinculado con Carlos Medina Plascencia, el ex gobernador a quien Oliva abiertamente desdeñó y alejó de su círculo de influencia.

Márquez privilegió la eficiencia y los buenos resultados reconocidos exteriormente en ratificaciones como la de Carlos Zamarripa en la Procuraduría; Héctor López Santillana de regreso a Desarrollo Económico, quienes no obstante haber sido cuadros fundamentales para Oliva,  nunca tuvieron de éste un pleno reconocimiento ni una cercanía excesiva.

La apuesta de un nuevo equipo político, propiamente “marquista”, se encontraría en el reciclaje de Éctor Jaime Ramírez Barba en la supersecretaría de Desarrollo Social y en el experimento de Antonio Salvador García López como secretario de Gobierno.

Pero donde seguramente se encuentra la principal audacia, así como los mayores riesgos, es en el reclutamiento de por lo menos cinco secretarios del gabinete que provienen de la sociedad civil y que no tienen antecedentes partidistas: Eusebio Vega, en Educación, desplazando al enquistado Yunque; Fernando Olivera en Turismo; Isabel Tinoco en Transparencia; Ignacio Ortiz Aldana en Salud; y Arturo Durán en Obra Pública.

El secretario de Seguridad, Álvar Cabeza de Vaca, es un caso aparte. No es panista, peor ha estado vinculado profesionalmente a ese partido y se ha especializado en el tema de seguridad. Su arribo al gabinete ocurre en buena medida gracias a la fortaleza de Zamarripa, quien lidera esa área sin discusiones.

Sin embargo, la apertura de Márquez a un gobierno de profesionales tuvo ya su primera limitación en la designación de funcionarios de segundo nivel sólo por méritos partidistas.

La presión de cuadros panistas, canalizada por el dirigente estatal Gerardo Trujillo Flores, abrió la puerta a una descarga de nombramientos donde el perfil quedó atrás para atender los compromisos políticos, lo que no deja de significar una amenaza sobre la intención de profesionalizar y eficientar el servicio público.

La intención de Márquez de separar partido y gobierno no funcionó en este arranque, sobre todo por una cuestión: la falta de previsión. Realmente el gabinete de Márquez no tuvo una sola inclusión de la corriente que lo llevó a la candidatura primero y al poder después: los panistas Usabiaga y Martín Solís, son de facciones contrarias; López Santillana y Ramírez Barba, son demasiado nuevos en el partido; los demás no son panistas.

En segundos niveles, o fuera del gobierno, el panismo que consiguió los votos para arrollar a José Ángel Córdova y que soportó el embate del priismo el primero de julio, no será tan disciplinado si resiente que las decisiones de los secretarios de despacho perjudican el futuro de su partido.

Márquez, como Romero Hicks, requiere antes que nada de alguien que le ayude a gobernar a un panismo al borde de la balcanización, cuando no ya abiertamente confrontado. El ex rector tuvo a Oliva para hacer esa tarea, mientras él intentaba convertir a sus “universitarios” en una nueva clase política, lo que logró solo a medias.

Márquez, como Oliva, requiere de un medio de contención que  coadyuve en la estructuración del gabinete. Oliva tuvo a Mosqueda, que funcionó en el arranque, antes de sobreponer su propia agenda a la de su patrón.

Márquez, panista de cepa, está distanciado de su partido y no tiene un equipo compacto como el de Romero Hicks. Tampoco cuenta con ese funcionario que asuma la jefatura del gabinete, como lo tuvo Oliva.

Esas dos circunstancias han marcado estos primeros sesenta días y han puesto en evidencia las debilidades: desarticulación en el gabinete y esfuerzos aislados; activismo excesivo del propio mandatario a un ritmo que difícilmente podrá sostener sin ayuda; concesiones reactivas a un PAN resentido; falta de impacto en el planteamiento de proyectos que pretenden ser emblemas de la nueva administración.

Es poco tiempo aún y el beneficio de la duda aún está vigente en la mente de la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo, no sobraría más objetividad y menos autocomplacencia en los análisis que los integrantes del nuevo gobierno hacen de su propio esfuerzo. Es, además, por su propio bien.

arnoldocuellar@zonafranca.mx

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