Arnoldo Cuellar

¿Podrá Peña Nieto con el gen priista de la antidemocracia?

In Análisis Político, Zona Franca on mayo 28, 2012 at 5:01 am

La maquinaria que se aprestaba a recuperar la presidencia de la República sin incidentes hizo casi todos los cálculos de los posibles obstáculos que se les presentarían y preparó los antídotos, pero en su radar nunca estuvo la posibilidad de una desacreditación por parte de un sector al que hasta ahora sólo se le podía calificar con una palabra: apatía.

El primer gran control de debilidades fue el del propio Enrique Peña Nieto, en su paso de la muerte desde su imagen de gobernador sobreprotegido al siempre inclemente papel de candidato en campaña.

Seguramente fueron necesarias arduas horas de entrenamiento para pasar del confundido y frustrado recordador de libros jamás leídos, en la FIL de Guadalajara en diciembre del año pasado, al seguro contestador de preguntas presuntamente agresivas, aunque seguramente conocidas de antemano, que vimos hace unos días en el programa de opinión Tercer Grado, de Televisa.

El segundo frente de batalla, también quedó cubierto: la tentación del presidente Felipe Calderón de intervenir en la campaña mediante una orquestación de escándalos en la persecución de ex gobernantes priistas, donde lo que sobran son los expediente abiertos.

Ese riesgo, aún latente, se minimizó con la ofensiva periodística en contra de Josefina Vázquez Mota y el intento de situarla por debajo de Andrés Manuel López Obrador en las encuestas, el cual casi se logra, aunque no claramente aún.

La tesis que allí opera es la de que una ofensiva de Calderón contra el PRI terminaría por favorecer a  AMLO, lo que debería desalentar al presidente y forzarlo a aceptar una transición en mejores términos con el ex gobernador mexiquense y si equipo

Toda esa orquestación, realizada por analistas adultos y conocedores profundos de los drenajes de la política mexicana al viejo estilo, el cual por cierto no fue modificado de manera sustancial por los dos presidentes panistas, nunca tuvo en su ecuación una emergencia de la sociedad civil alejada de los partidos.

Podían preverse provocaciones desde las bases lopezobradoristas, las cuales incluso eran susceptibles de ser negociadas y hasta cooptadas a través de un PRD ya demasiado infiltrado. Podían esperarse maniobras electorales panistas en los estados donde tienen el control gubernamental, reflejadas en el uso de los programas sociales para obtener votos.

Sin embargo, en ninguna parte del guión estaba vigente la posibilidad de que la sociedad civil irrumpiera en el proceso electoral; menos la que representan los jóvenes que votarán por primera vez; menos aún, los estudiantes de las universidades privadas.

Sin embargo, aún dentro de lo imprevisible de esta irrupción, un partido con un poco de imaginación política, máxime que se encuentra liderado en este momento por un político que presume juventud y modernidad, por lo menos en su imagen televisiva, debería haber podido articular una mejor respuesta.

No fue así y allí se rompió la trama. El cuestionamiento de los jóvenes en la Universidad Iberoamericana fue respondida con descalificaciones por Pedro Joaquín Coldwell, presidente del PRI tras la caída de Humberto Moreira por los malos manejos de su administración, y quien tenía fama de político aperturista.

La intervención de Coldwell tuvo dos efectos: motivó la respuesta viral en las redes sociales que convirtió la protesta en un movimiento relativamente articulado que abarca ya varias universidades públicas y privadas; y le quitó a este político la posibilidad de convertirse en el secretario de Gobernación de un eventual gabinete de Peña Nieto.

La estrategia debió modificarse: Peña y sus asesores optaron por la cara aperturista, salieron a mostrar su respeto a la disidencia y elaboraron el primer documento programático político de la campaña, más allá de las escenográficos compromisos notariales, ofreciendo una presidencia democrática.

Mientras eso pasa, desde los flancos panista y lopezobradorista tampoco se sabe como reaccionar. El común denominador es el oportunismo. Ya vimos como los panistas disfrazados de estudiantes han tratado de romper actos de Peña Nieto en Querétaro, al igual que los militantes de Morena en Zacatecas.

La respuesta priista a esta confusión es digna del Precámbrico: las marchas de mujeres vestidas de blanco, raquíticas en número y carentes de emoción, constituyen una típica salida autoritaria y antidemocrática: movilizar a los fieles ante una amenaza de la sociedad.

Es muy poco creíble la repentina conversión democrática de un Enrique Peña Nieto que es el responsable, entre otras cosas, de haber colocado a Moreira al frente del PRI; de haberlo sustituido por Coldwell; de haber gobernador el Estado de México al estilo Atlacomulco, ejemplo refinado del dinosaurismo priista; de haber reclutado a buena parte de la opinión pública reflejada en los medios.

Está claro que el candidato priista jurará sobre todas las Biblias que le coloquen para remover los obstáculos que se le atraviesen camino de la presidencia de la República.

La pregunta que subsiste, curiosamente, no se la ha hecho todavía ningún opositor, sino que se la realizó su único oponente en la etapa de la precandidatura, Manlio Fabio Beltrones: en realidad, ¿para qué quiere la presidencia?

Hoy Enrique Peña Nieto ya debe haberse dado cuenta de que el único sentido que tiene arribar al principal cargo político del país, es para realizar de verdad una profunda reforma del Estado.

Para eso no le sirven sus actuales soportes priistas, o no sólo ellos, sino que debe echar mano de todas las fuerzas políticas y de la sociedad que empieza a movilizarse.

De lo contrario, si no está a la altura de la tarea, enterrará a su partido ahora sí para siempre, por más que le apueste a la vieja lógica de las complicidades con el pequeño México de los intereses creados. Esta visto, hoy por hoy, que ese método ya no alcanza ni para sostener las viejas mentiras, mucho menos al país en su conjunto.

arnoldocuellar@zonafranca.mx

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