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La Loma: el pacto del chamaqueo

In Análisis Político on enero 18, 2011 at 11:11 pm

La presencia nacional de José Ángel Córdova, no solo por formar parte del gabinete presidencial, sino por un desempeño que lo ha colocado como el integrante mejor evaluado de ese equipo, lo situaba en una posición inmejorable en el arrancadero de las precampañas por la candidatura a gobernador de Guanajuato.

Córdova cuenta con la confianza de Felipe Calderón, el aprecio de Margarita Zavala, la influyente Primera Dama y una sólida currícula académica y profesional. En su contra operan su inexperiencia política y su reciente ingreso al PAN.

Quizá por eso, por el desamparo en el que lo coloca ser un panista de nuevo cuño, y por cierto espíritu de compañerismo, el gastroenterólogo leones aceptó formar parte de esa ocurrencia que se ha dado en llamar el Pacto de la Loma.

No se trata, como sus integrantes quisieran, de la representación del calderonismo en Guanajuato, pues está visto que en torno al presidente las lealtades se han dislocado y las divisiones afloran. Lo que aglutina a estos políticos blanquiazules es más bien su oposición a Juan Manuel Oliva y su corriente, que los mantiene en estado de marginación dentro del panismo local.

El único calderonista real, por ser colaborador directo y por haberse mantenido en el ánimo presidencial gracias a sus buenos resultados, es el secretario de Salud. En realidad, lo que han hecho sus compañeros de aventura –Ricardo Sheffield, Luis Alberto Villarreal y Javier Usabiaga-, no ha sido más que colocarse a su sombra.

Por si algo faltara, las dos primeras rondas de encuestas pactadas para medir los alcances de cada uno de ellos, han arrojado una ventaja imbatible de Córdova sobre sus compañeros pactistas.

¿Por qué, entonces, se ha pospuesto la definición sobre el aspirante que presentará el antiolivismo y que buscaría desterrar la hegemonía ultramontana del panismo guanajuatense? Sencillo, por cálculo político e intereses personales.

De acuerdo a versiones creíbles, Luis Alberto Villarreal estaría tratando de negociar su declinación a favor de Córdova a cambio de ser el coordinador de la campaña y, a la postre, el secretario de Gobierno de su administración. Aquí priva el oportunismo.

El alcalde Sheffield, por su parte, está pensando con toda seriedad en la candidatura al Senado, que le permitiría sobrevivir el sexenio completo con presencia pública y reeditar su proyecto en 2018. El único detalle es que mantiene líneas de comunicación también con Oliva, por lo que su respaldo al secretario de Salud es más incierto que nunca. Esta relación la marca la deslealtad

La posición de Usabiaga es meramente testimonial, el ex funcionario foxista pretende acercar su experiencia para que se eviten los errores que le impidieron ser candidato en 2006. Sin embargo, de acuerdo a lo visto, su idea no ha funcionado. El signo de este aliado es la ineficiencia.

Así, con tres socios que le aportan poco, que le pueden restar mucho y que hasta ahora le han significado un lastre, José Ángel Córdova parece salir de su participación en el grupo de la Loma más desgastado que cuando entró. Lo salva el hecho de que, enfrente de él, el olivismo enfrenta las mayores tensiones de su historia y también parece al borde del derrumbe.

Ante la circunstancia y tomando en cuenta su cercanía con la élite panista a nivel nacional, Córdova tendrá que cambiar radicalmente su estrategia para lograr una meta que está totalmente al alcance de su mano… siempre y cuando se decida a pensar en términos políticos. Este tema nos seguirá ocupando.

Botepronto

Normal, mientras Juan Manuel Oliva enfrenta una batalla mediática que podría trascender a crisis de gabinete, algunos de sus colaboradores aprovechan las mieles del poder a todo lo que dan las políticas de viáticos.

Pretextando un curso de negocios agropecuarios, dictado cien por ciento en inglés académico, en la Universidad de Harvard, el secretario de Desarrollo Agropecuario José María Anaya, se pasó dos semanas en Boston. Le dio permiso el secretario particular, Román Cifuentes.

El curso se llevó a cabo del 8 al 11 de enero, por lo que el resto de la estancia fueron vacaciones pagadas. Lo acompañaba, por cierto, Carlos Orta, su jefe de asesores y verdadera eminencia gris de la SDAR. Lo bueno hubiera sido que tomaran ese curso al principio de su encargo y no ahora que ya se van, dejando un tiradero.





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