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PRI: la excepción guanajuatense

In Análisis Político on enero 3, 2011 at 8:11 pm

Me observa con toda precisión el atento lector que es Amador Rodríguez Leyaristi, que el PRI ha venido ejerciendo una auténtica reconquista del poder en prácticamente todos los estados donde había sido desplazado en los últimos años, por lo que mi tesis de que, sin el poder, el PRI naufragaba como oposición, no parece ser cierta más que en Guanajuato y Baja California.

Me lo demuestra con una revisión somera: Chihuahua, Nayarit, Yucatán, Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí, Tlaxcala y Aguascalientes fueron recuperados por el tricolor de manos del PAN. Zacatecas regresó a sus manos desde el PRD.

¿Qué ocurre entonces en Baja California y Guanajuato, las dos entidades con más antigüedad en manos de Acción Nacional? ¿Se podrán formular algunas hipótesis que expliquen la permanencia panista en esos gobiernos, no obstante los fracasos de algunas de las administraciones que los han ocupado en los últimos 20 años? Intentemos una respuesta.

Una constante acude a la mente: tanto la entidad norteña como la del Bajío cayeron en manos del PAN gracias a una indiscutible intervención de la alta burocracia priista en el centro del país, como parte de la estrategia para apaciguar a la oposición panista, legitimar al gobierno de Carlos Salinas de Gortari y formar una alianza que frenara la insurgencia cardenista, todo ello en el ya lejano año de 1991.

¿Podría ser que la fórmula de derrotar a los  priistas locales desde el mismo PRI nacional haya desencadenado un fenómeno de desarticulación que baldó para siempre las posibilidades de recuperación de esa fuerza política allí donde ocurrió? Es una primera hipótesis de trabajo.

Otra circunstancia histórica fácilmente comprobable es que ambos gobiernos, el de Carlos Medina Plascencia en Guanajuato y el de Ernesto Ruffo Appel en Baja California, debieron recibir oxígeno político del propio régimen salinista, a fin de superar la curva de aprendizaje y mostrarse como una solución al estancamiento que representaba el antimoderno carro completo vigente hasta poco antes.

Ahí pudo haber un factor adicional de desestabilización del priismo local, al sentir como una doble traición el que desde la presidencia de la República no sólo se «entregara» el poder, sino que se ayudara a gobernar a quienes veían desde su óptica como incapaces.

En las siguientes entidades de la República donde ocurrieron alternancias, las derrotas priistas fueron, por así decirlo, en buena lid, sin el sentimiento de puñalada trapera que sufrían los tricolores guanajuatenses y bajacalifornianos.

Por lo mismo, su recuperación parece haber sido más natural con lo que pudieron aprovechar desde lo local el desprestigio de administraciones panistas o perredistas que mostraban ineficiencia y caían en la impopularidad ante sus gobernados.

Habría que agregar algo en el caso de Guanajuato, donde no puede minimizarse el hecho de que contiene a una de las poblaciones con mayor arraigo de ideologías conservadoras y un alto índice de religiosidad, como lo muestra su historia en el siglo XX, en el que prohijó movimientos populares como la rebelión cristera y el Sinarquismo.

Como apunte final habría que subrayar que, además de cualquier posible análisis de las circunstancias externas, mucho contribuye a la dilución priista como opción política lo que apuntábamos en la anterior contribución: el elevado nivel de discordia que han mostrado ser capaces de alcanzar los liderazgos y la militancia de este partido. Podría resumirse: «éramos pocos y parió la abuela».

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