Arnoldo Cuellar

Márquez y la quiebra de los paradigmas

In Botepronto, Zona Franca on enero 25, 2017 at 4:08 am

Con un incremento de la agenda conflictiva del estado, al gobernador no le queda más que intentar reconvertir su gobierno, lo que implicaría empezar por sí mismo.

En los pocos días que van del 2017, el gobierno de Miguel Márquez parece estar enfrentando más crisis que en algunos de los años completos de su administración.

Movilizaciones ciudadanas en diversos puntos del estado por agendas tan diversas como el alza a los combustibles, el aumento a los pasajes urbanos y la actuación de su Procuraduría de Justicia.

Un cierre del caso de la compra de terrenos para Toyota que deja más dudas que las planteadas inicialmente y una inminente asignación del último contrato millonario de medicamentos, que debe ser defendido con tácticas publicitarias ante la sospechosa reiteración de contratos otorgados por dedazo a lo largo de todo el sexenio.

Un compromiso de austeridad que suena a demagogia, con rebajas en los salarios de los altos funcionarios y pagos forzados de telefonía en los puestos medios, mientras el dinero público sigue sujeto a controles laxos e ineficaces.

Y, encima de todo, planeando como una atmósfera cargada de nubarrones, la circunstancia internacional: las amenazas sobre el modelo de crecimiento de las dos décadas últimas: la captación de inversiones extranjeras, sobre todo del sector automotriz.

Pero falta aún: el tema de la inseguridad no es un asunto menor. El crecimiento del fenómeno delictivo en sus distintas vertientes, preocupantemente las mas violentas, será un pasivo que pese en el legado de Márquez a su sucesor. El auge criminal se agrava por la cuantiosa, caprichosa e inexplicada inversión del programa Escudo, una promesa que nunca se concretó y que ha pesado y pesará cuando se haga la historia de este gobierno.

Sin embargo, con todo este panorama la verdad es que Miguel Márquez conserva margen de maniobra, sobre todo a causa de la buena imagen que mantiene entre la población.

A diferencia de gobernadores sátrapas como los que están hoy en boca de todos, del PRI y del PAN, Márquez se ha manejado como un mandatario cercano y sensible. Los excesos que en ocasiones comete su gobierno no han logrado impactar su imagen.

Sin embargo, el mandatario guanajuatense no se decide a aprovechar ese capital político para dar golpes de timón que no solo enderecen su gobierno, sino que también lo catapulten como una figura rescatable en medio de la crisis de credibilidad generalizada de los políticos.

Para ello no tendría que realizar estrategias truculentas de marketing político, sino simplemente gobernar bien, trabajar en erradicar vicios y poner su sensibilidad en sintonía con los reclamos populares, controlando el síndrome del cuarto año: la embriaguez de poder, alimentada por los aduladores, que no deja escuchar ni ver la realidad.

Hoy por hoy, eso no está pasando. Márquez se ha convertido en un político refractario a las voces de la calle, algo que probablemente estuvo en la raíz de su vocación política y en los cimientos de su exitosa carrera.

Hasta ahora la buena fortuna le ha acompañado, pero la suerte es la más volátil de las circunstancias en las que puede fincarse un proyecto político, máxime cuando empieza a terminar el tiempo de arrojar los cuetes y empieza el de recoger las varas.

El inicio de año, con sus complicaciones y su agenda de sobresaltos, parece mandarle un mensaje al gobernador de Guanajuato: no son estos tiempos para la esclerosis sino para la flexibilidad; tampoco son días para recurrir a recetas probadas, sino a la imaginación.

Más daño que las circunstancias del exterior y las complejidades de la época pueden provenir de una inadecuada lectura del nuevo momento por vivir. El gobernador de Guanajuato haría bien en poner en duda las certezas que hasta ahora le han acompañado y que, más pronto que tarde, perderán su poder explicativo.

En todo caso, no hay peor lucha que la que no se hace.

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