Arnoldo Cuellar

Ortiz y Santillana: dos estilos… ¿dos destinos?

In Botepronto, Sin categoría, Zona Franca on febrero 5, 2016 at 3:52 am

Apresurando una reestructuración del equipo, el edil de Irapuato, Ricardo Ortiz, busca mostrar sensibilidad y preocupación por los resultados; en cambio, su homólogo leonés, Héctor López, deja el tiempo correr y no parece percatarse de que su gobierno está atascado.

¿Cuándo deben hacerse cambios en un quipo administrativo o político? Evidentemente, cuando las cosas no están funcionando o cuando, aun funcionando, se quiere imprimir un cambio de rumbo drástico y mandar esa señal hacia el exterior.

Ricardo Ortiz, el veterano alcalde panista de Irapuato, acaba de darle una sacudida a su gabinete. Empezó con el tema de Seguridad Pública, donde el auge delictivo que se vive en el municipio, como en otras ciudades de Guanajuato, lo obligó a remover funcionarios y a traer de regreso a un tránsfuga político: José de Jesús Félix Servín, como titular del área.

No le importó al edil irapuatense el hecho de que su nuevo colaborador haya sido dos veces candidato de una coalición encabezada por el PRI que a punto estuvo de arrebatar el municipio al PAN, lo que probablemente alterará los ánimos en este partido.

Atendiendo al desempeño de Félix Servín en el pasado, en por lo menos tres administraciones panistas, en áreas jurídicas y de seguridad, Ortiz le apuesta a la experiencia y la mano firme para tratar de enderezar su corporación y dar respuestas al reclamo ciudadano de inseguridad.

La señal que manda Ricardo Ortiz es que está dispuesto a dejar de lado pruritos políticos e ideológicos y a tomar acciones drásticas para darle eficiencia a su administración y producir resultados.

Lograr esos objetivos dependerá del esfuerzo del propio alcalde y de sus nuevos colaboradores, pues la sola presencia y la experiencia del pasado no garantiza competencia para los nuevos retos.

Sin embargo, el esfuerzo y las señales que se envían, seguramente le permitirán ganar tiempo para tratar de enderezar las cosas, lo que es mejor que no hacer nada. Pero, sobre todo, le ponen frente a su electorado con un mensaje claro: podemos fallar, pero intentaremos corregir.

Eso es, exactamente, lo que no pasa en León, el principal municipio del estado donde el PAN recupero el gobierno por obra y gracia del naufragio monumental de la muy inflada política priista Bárbara Botello, a quien ni un presidente de la República ni dos secretarios de estado, lograron hacer funcionar como promesa política no obstante las carretadas de dinero que le enviaron y que se desperdiciaron por una ingente corrupción.

Héctor López Santillana no encuentra la punta de la madeja ni para empezar a gobernar con eficiencia y resultados, ni para castigar el desorden administrativo que recibió y lo ha colocado en punto muerto.

La administración panista de León encontró arcas vacías, largas listas de aviadores, expedientes perdidos, empresas fantasma, concesiones caras y firmadas por décadas, la policía desmantelada y juicios perdidos o en vías de perderse que significan pérdida de más recursos. Sin embargo, no son capaces de articular un solo caso que le diga a la opinión pública que llegaron para poner orden y combatir la impunidad.

En contrapartida, tampoco parece que estén avanzando en la tarea de echar a andar la administración. Resulta francamente patético que sus mayores logros de tres meses sean haber pagado los aguinaldos, como presumió Carlos Medina; y tapar baches por 5 millones de pesos, algo que sonaría impactante en Tarimoro, pero no en León.

Pero eso no es todo. Tampoco hay orden político ni organizacional, esto último una de las fortalezas de López Santillana. El cabildo sigue pareciendo un club social y no una instancia de gobierno disciplinada.

A Carlos Medina Plascencia, por ejemplo, le parece más importante polemizar mediáticamente con el gobernador del estado por el puro afán de acaparar reflectores que por entrar en serio en debates políticos. Otros ediles parecen llevar adelante su propia agenda y no la de su partido o la de su alcalde.

Resulta sintomático que deba ser el muy desgastado dirigente municipal del PAN, Alfredo Ling, quien salga a hacer malabarismos declarativos en defensa de una administración que no logra juntar sus pedazos para mostrarse como una entidad coherente. Ling se extinguió combatiendo a Bárbara Botello con relativo éxito, peor difícilmente va a pasar del papel de verdugo al de salvador con la misma retórica.

Y pese a todo esto, no se ve por donde el alcalde López Santillana logre enderezar la nave, si ni siquiera está dispuesto a hacer cambios. La desmotivación, la confusión, la inexperiencia, el enmohecimiento, hacen presa de una administración que se vendió como un dreamteam y que no pasan de ser los ratones azules, si a símiles deportivos nos vamos.

Héctor López Santillana quiere mostrarse enérgico, pero no se ve creativo. Quiere justificarse en el desastre recibido, pero no señala responsables. Quiere meter el acelerador en forma personal, pero el equipo se le queda atrás.

Para curva de aprendizaje ya parecen muchos días, máxime que está rodeado de veteranos. Tampoco es una solución que de Guanajuato vengan promesas y arquitecturas presupuestales de largo plazo, no garantizadas por nada. Lo que no haga por sí mismo, incluyendo rectificar sus primeras decisiones, no podrá hacerlo nadie. Y el tiempo sigue corriendo.

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