Arnoldo Cuellar

Villarreal precandidato ¿en serio?

In Botepronto, Zona Franca on agosto 10, 2015 at 3:37 am

El diputado sanmiguelense ha construido una carrera teñida de corrupción y, ahora, plena de cinismo: ¿con esas prendas quiere conquistar a los ciudadanos de Guanajuato? ¿Seremos tan ciegos?

La clase política mexicana fue perfectamente definida por The Economist, después de las crisis de las lujosas casas en poder de destacados funcionarios de la actual administración federal, con valores muy por encima de sus salarios nominales de varios años: “no entienden que no entienden”, sentenció el semanario británico.

El problema no es solo de los priistas, afecta por igual a un estamento de políticos a los que ya no distingue ningún matiz en términos ideológicos, igualados todos por el mero pragmatismo, la ambición y el cinismo.

Un conspicuo representante de esa situación lo es, por méritos propios, el sanmiguelense Luis Alberto Villarreal, quien ha hecho gala a lo largo de su carrera política de una ambición desmedida y una carencia total de escrúpulos.

Así fue como alcalde de San Miguel Allende, donde su patrimonio inmobiliario creció al regularizar fraccionamientos de lujo en condiciones preferenciales. Así fue como senador de la República, cuando se introdujo al negocio de los casinos que operaban bajo subterfugios que aprovechaban vacíos legales. En el colmo de las paradojas, un hacedor de leyes encontraba la forma perfecta de violar las que le convenían, gracias a sus contactos y al tráfico de influencias.

Pero nada de eso se comparó con el inmenso invento que significó la arquitectura de los “moches” presupuestales operados desde la misma Cámara de Diputados que aprueba el gasto público del Poder Ejecutivo.

A las tradicionales prebendas otorgadas desde hace años por las autoridades hacendarias para lograr la aprobación de su paquete fiscal, un invento del priismo tardío derivado de la pérdida de fuerza del presidencialismo e incrementado a niveles astronómicos en los sexenios panistas, le sucedió toda una planeación orquestada desde la cúpula del Congreso para derivar partidas presupuestales completas destinadas a las distintas fracciones parlamentarias.

Sin embargo, lo más grave no fue esa aberración que convertía al Legislativo en un mini Poder Ejecutivo, sino la instrumentación de un sofisticado mecanismo para practicar exacciones a las partidas asignadas a gobiernos estatales y municipales, si es que se quería ser beneficiario de tales recursos extraordinarios.

Villarreal ha dicho en todos los tonos que nadie le ha podido probar tales acciones y que incluso solicitó una investigación formal a la PGR sobre el caso. Desde luego, no se sabe que el ministerio público federal haya realizado ni siquiera una pesquisa sobre las decenas de denuncias y grabaciones que existen en torno al tema de los moches.

Queda claro que al gobierno federal priista no le interesaba indagar a un político panista que tan útil le fue en el momento clave de las reformas. Tampoco profundizar en un mecanismo que se convirtió en los hechos en una forma práctica de concertación política y que llevó a la relación entre gobierno y oposición, y entre Ejecutivo y Legislativo, a su mejor momento desde mediados de los años noventa del siglo XX.

Luis Alberto Villarreal es un miembro conspicuo del entramado político que se viene hundiendo en el desprestigio y que padece la desconfianza de los ciudadanos por su incapacidad para atender los problemas del país, contrastada ampliamente con su capacidad para obtener beneficios de su paso por los cargos públicos.

Hoy puede venir a Guanajuato, sin que exista justificación alguna, para rendir un “informe” de sus tres años como diputado, en los cuales ejerció dos como coordinador parlamentario y dejó esa responsabilidad en medio de un escándalo relacionado con su vida privada, solo para preparar el lanzamiento de su precampaña como aspirante a la gubernatura.

Así está la clase política mexicana, pretendiendo que no pasa nada, cuando en realidad pasa todo. ¿Es Villarreal peor que otros políticos? Parece que no, lo lamentable es que es exactamente igual y que puede, con todo el cinismo del mundo, derivar decenas de millones de pesos del presupuesto público para hacerle un “centro cultural” a su esposa que terminará manejado por su propia progenitora, como en los mejores tiempos del porfirismo o del lopezportillismo.

¿Se da cuenta Villarreal de que cada uno de sus actos lo ha alejado del proyecto político al que se sumó hace algunos años para darle al PAN de Guanajuato un rostro más moderno e incluyente?

¿Se da cuenta de que su cinismo no basta para ocultar sus excesos ni para hacer que pase la página?

Hoy, en medio de dos campañas de su partido para renovar las dirigencias nacional y estatal, el legislador se hace presente con la certeza de que él solo se importa a sí mismo, para anunciar que buscará la candidatura a gobernador en el 2018.

En ese intento gasta una millonada en publicidad a lo largo y ancho del estado que no aclara de donde proviene, precisamente cuando su bancada debate en San Lázaro un faltante multimillonario en las cuentas del grupo panista.

¿A quién quiere engañar Luis Alberto Villarreal? Probablemente a nadie, quizá solo es el compromiso que ya estableció con Rafael Moreno Valle de trabajar en su precandidatura en Guanajuato. Quizá solo es su manera de presionar a Ricardo Anaya para que no lo deje suelto.

Queda claro que aquí no hay proyecto político, si por ello se entiende la tarea de establecer vínculos con grupos de la sociedad y tratar de representarlos ante los órganos de poder para lograr mejoras en su existencia. Aquí solo hay ambición, control de daños por el desprestigio de los últimos meses y la obsesión de seguir medrando bajo los presupuestos públicos.

Villareal no entiende que una parte importante de los ciudadanos, los que le han retirado su favor a los partidos y más que ninguno al PAN, ya no son fácilmente engañables. Pero tampoco entiende que no entiende, pues eso se olvida muy rápido cuando solo se usa el poder para el disfrute. Este es el caso.

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