Arnoldo Cuellar

Lecciones de las elecciones: la tragedia del PRI

In Botepronto, Zona Franca on junio 12, 2015 at 3:45 am

Un PRI en profunda división, desarticulado y permanentemente confrontado, que gobernará menos población que sus aliados Verdes, no acepta su debacle y reparte culpas sin ver las propias.

Las elecciones del 2015, desde la selección de candidatos, mostraron un PRI balcanizado, despedazado, disperso, incluso feudalizado.

Más que un partido político, el otrora hegemónico PRI es una seudofederación de liderazgos sectarios, incapaces de articular una política de conjunto sobre premisas mínimas, proclive incluso a trabajar en alianza con los contrincantes al exterior para que pierda el adversario interno.

La guerra de clanes priistas propició candidaturas débiles. La falta de operación desde la dirigencia, la ausencia de apoyos, la imposición de las planillas, todo conspiró para que el PRI vea como los municipios gobernados, por si solos o en alianza, pasarán de 15 a 10 a partir de octubre.

La pérdida no solo es cuantitativa. La derrota en León los hace retroceder a fines de los años 90 del siglo pasado, cuando un panismo novedoso, emergente y lleno de energía los arrinconó durante tres lustros.

La vocación de poder de los liderazgos tricolores se ha achicado. Francisco Arroyo y Gerardo Sanchez dejaron de pensar en el estado para salvar solo sus respectivos feudos. Uno ya quiso ser candidato a gobernador y entregó la estafeta antes de competir; el otro pretende construir esa expectativa, pero nomás no se le ven tamaños.

Guanajuato capital y Salvatierra seguirán siendo priistas por lo pronto, para tranquilidad de estos capitostes. Pero, en ese afán, entregaron León, Irapuato, Salamanca y hasta Celaya donde le habían rentado la franquicia a Martha Sahagún, colmo de colmos.

Mientras tanto, Bárbara Botello no se ha dado cuenta de que su tranquilidad de los próximos años no estará tanto en manos de Héctor López Santillana, lo que podía tranquilizarla, como de Carlos Medina Plascencia, lo que debería preocuparla profundamente. Medina es susceptible de negociar, ya lo hizo con Carlos Salinas alguna vez, pero su vanidad no le permitirá pasar por la tapadera de los muy probables desvíos barbaristas.

Mientras el destino la alcanza, Botello aún pelea una batalla sin sentido por justificar la derrota de León arrojando culpas a todos los patios, menos al suyo que está saturado de inmundicias.

Alejado del mundanal ruido, gracias a su chamba temporal de delegado en Aguascalientes, Miguel Ángel Chico hace lo que mejor le sale: aparecer en el momento y el lugar adecuado para cosechar en parcelas donde no ha sembrado o lo ha hecho solo de pasada: es el Pánfilo Ganso de la política guanajuatense y, seguramente, nos volverá a sorprender.

Hoy, gracias a este herradero, el PRI gobierna menos población que sus recurrentes aliados verdes, lo que vuelve verdaderamente caricaturescos los afanes de Santiago García y Marcelino Bravo por decir que no perdieron y que los atrapó una “elección de estado”.

La verdad es que para Miguel Márquez y sus operadores, regresar al PAN por sus fueros a costa del PRI, fue como quitarle un dulce a un niño. Baste ver que allí donde hubo resistencias mínimas, como en los casos protagonizados por los candidatos de Arroyo y de Sanchez, los priistas pudieron frenar la operación gubernamental.

Por lo demás, el llanto y el crujir de dientes apenas empiezan. Ya empezaron las voces que piden la renuncia de la dirigencia del PRI que, por si algo faltara, se autopremió con diputaciones plurinominales que no se ve como disfrutarán, a menos que siguen siendo una simulación de oposición en un Congreso donde no se espera de ellos ninguna significación.

Santiago García llegó al PRI criticando a los que lucran con derrotas. Sin embargo, lo derrotaron y obtuvo réditos.

Habría que agradecérselo: es otra palada a una forma de hacer política que debería estar en el museo de los anacronismos.

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