Arnoldo Cuellar

Clase política: muchos aplausos, ninguna reflexión

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on diciembre 4, 2014 at 3:22 am

El regreso del PRI a la presidencia de la República trajo de nuevo al escenario el ejercicio de una política abyecta y acrítica, por lo menos entre los representantes más conspicuos de la burocracia nacional.

Si bien la sociedad mexicana en muchas de sus capas resiste el retroceso que podría significar una restauración del viejo presidencialismo del siglo XX mexicano, esos anticuerpos no existen en los políticos, ni en los priistas ni en la mayoría de los opositores, domesticados por el tráfico de prebendas.

Alcaldes, gobernadores y legisladores de ambas cámaras, están aplaudiendo a rabiar el paupérrimo decálogo de medidas anunciadas por Enrique Peña Nieto, al mejor estilo de las Reuniones de la República, de José López Portillo; o del “no se hagan bolas” de Carlos Salinas de Gortari.

Justo en los momentos en que un Presidente de la República con instrumentos romos, con lecturas deficientes de la circunstancia nacional y con una credibilidad extraviada, requeriría del equilibrio de políticos que sepan decir no y proponer alternativas, vemos el regreso de la genuflexión y la superficialidad.

En Guanajuato ya salieron a avalar el anuncio del mando único policial en los estados el gobernador Miguel Márquez, quizá el más peñista de los panistas; la alcaldesa de León, Bárbara Botello, ahogada en su propia crisis de impopularidad que le provoca rechiflas cada vez que sale a la calle; y el legislador federal Francisco Arroyo, el priista de mayor longevidad política de Guanajuato, por mencionar a los principales de una pléyade de entusiastas.

Nadie pide conocer la iniciativa, analizar las modalidades, sopesar las complicaciones, estudiar el problema antes de pensar en la solución. Todos, los mencionados y otros muchos, solo ven la propuesta de Peña Nieto, por cierto la misma de Calderón, como una solución providencial dictada ex cátedra.

¿Alguien se pregunta de qué hubiera servido el mando único policial de haber estado vigente en Guerrero, donde según todos los indicios la comunicación entre José Luis Abarca, su esposa y el gobernador Ángel Aguirre era fluida?

¿Hubieran podido resistir los policías estatales de Guerrero, acantonados en Iguala, los cañonazos de 600 mil pesos mensuales que la esposa de Abarca le entregaba a la policía municipal por cuenta de los Guerreros Unidos?

Por supuesto, eso no parece importarle a nadie. La prioridad es respaldar el mensaje presidencial, más allá de que no haya convencido a nadie, solo a los miembros de una meritocracia política que ni siquiera se plantea solucionar los problemas de la realidad nacional, sino solo la manera de seguir medrando con ellos.

Son notables, en este escenario, las declaraciones del legislador Arroyo Vieyra, quien este lunes en Irapuato hizo este diagnóstico, por darle un nombre: “Lo que está pasando en el país es una evidente crisis pero que excede a los partidos políticos este es un asunto que no tiene nada que ver con uno u otro partido, la situación de inseguridad la heredamos de un gobierno del PAN, los actos de violencia se han dado en Estados y municipios gobernados por el PRD y a nosotros nos ha tocado administrar y no siempre con éxito esa coyuntura de inseguridad”.

Si entiendo bien la declaración, la crisis “excede a los partidos” aunque están todos inmiscuidos en ella. El diputado federal no se hace cargo que todos esos partidos han tenido la responsabilidad de ejercer el gobierno y formular los presupuestos federales desde hace muchos años, por lo tanto el fracaso de sus estrategias de desarrollo económico, equilibrio social, mantenimiento de la paz pública, combate a la inseguridad y freno a la impunidad, corresponde solo a ellos y a nadie más.

Que se sepa, ni los ciudadanos de a pie ni tampoco una potencia extranjera, han tenido intervención en el ejercicio del gobierno en municipios, estados y federación. Solo falta que, por incapacidad, haya que declarar a los partidos y los políticos en ellos como ininputables que “no sabían lo que estaban haciendo”.

¿Hay una mayor declaración de incapacidad que aceptar el hecho de que la crisis construida por las omisiones y las equivocaciones de un sistema de partidos que no le rinden cuentas a nadie pues solo negocian internamente sus respectivos déficit de legalidad, los rebasa de tal manera que eso se convierte en una justificación?

Pareciera que la crisis es una calamidad natural, como un ciclón o un temblor, argumento que les da la razón a quienes piden llenos de desencanto “que se vayan todos”.

Las explicaciones en política son importantes. La política es una actividad que se hace con palabras y emociones. Son palabras y emociones lo que le ha faltado a Enrique Peña Nieto para conectar con los sectores de ciudadanos que no tienen ninguna pretensión revolucionaria o anarquista y que, simplemente, quieren que su gobierno sea realmente eso: un gobierno.

Sin embargo, la masa acrítica de políticos que no se resignan a cerrar la boca pero que tampoco se dan el tiempo para reflexionar las nuevas circunstancias, escamotean la posibilidad de que la crisis comience a tener salidas.

La retórica facilona, la ocurrencia de sobremesa, el chiste oportuno pueden tener sentido en otros momentos de la política, cuando las cosas están en calma, cuando se tiene el control de las situaciones.

Tratar de hacer explicaciones con el manejo de la vieja retórica, solo porque eso es lo que se ha hecho siempre, es la mejor manera de seguir abriendo brechas entre el hartazgo de los ciudadanos y la lamentable ausencia de soluciones que exhiben los políticos.

Por eso la frase de Jesús Murillo Karam ha sido tan emblemática: el ya me cansé es sobre todo fatiga del pensamiento, agotamiento de la imaginación política.

También por eso, no podemos confiar en sus soluciones tradicionales: ni la policía única, ni el teléfono de emergencias, ni las leyes para hacer cumplir otra leyes, significan otra cosa que la respuesta de Maria Antonieta al hambre de los franceses: “si no tienen pan, coman pastel”.

Ahí está por ejemplo la solución del gobernador Miguel Marquez al auge de los robos de casas habitación y negocios en el estado: recepción de denuncias en el Ministerio Público en un minuto.

Después de eso, el trámite de la averiguación previa dura lo mismo que siempre y la siguiente cita ocurre a los tres meses, para no terminar en ninguna parte.

¿No se dan cuenta los políticos, siempre perspicaces por otra parte, que su retórica, su actitud de desgano y descreimiento, su “no pasa nada”, su “de otras crisis hemos salido”, sus aplausos sin alma al extraviado Presidente de la República, ya no nos dicen nada?

Harían bien en recordar aquel colofón del filósofo vienés Ludwig Wittgenstein, en el Tractatus: “de lo que no se puede hablar es mejor callar”.

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