Arnoldo Cuellar

Oliva o la necesidad como virtud

In Botepronto, Zona Franca on diciembre 9, 2013 at 3:14 am

Hasta hace pocas semanas, Juan Manuel Oliva, el ex gobernador de Guanajuato que ganó su elección por el mayor margen de la historia, vivía uno de sus peores momentos.

Denunciada su administración como corrupta por sus adversarios priistas; desconocido y alejado por el gobernador que entronizó como candidato del PAN; perseguido por el dirigente nacional del PAN que lo percibía como una amenaza, Oliva no era ni siquiera recibido en sus oficinas por el ex gobernador al que resucitó del ostracismo para hacerlo senador de la República.

La contienda entre calderonistas y maderistas parecía haberlo dejado aislado, como una simple anécdota en el choque de trenes que se venía. La fugaz reaparición de la ex candidata presidencial, Josefina Vázquez Mota, amenazaba con relegarlo aún más.

Las circunstancias, sin embargo, están cambiando de manera rápida y también drástica en un panismo al que, tanto la derrota de la pasada elección, como los constantes escándalos de sus actuales dirigentes, mantienen en una ebullición sin pausas.

La fortaleza que parecía haber acumulado Gustavo Madero y el grupo de sus acólitos, donde se forman en primera instancia el coordinador de los diputados, Luis Alberto Villarreal; y el de los senadores, Jorge Luis Preciado, se ha visto afectada por los escándalos económicos en los que se han visto involucrados, sobre todo el primero.

Buena parte del dinero con el que está operando Madero para recomponer sus alianzas en las entidades y los municipios gobernados por panistas, proviene de los recursos que a tan alto precio ha logrado “bajar” Villarreal.

Y, antes de eso, buena parte de la gran capacidad de gestión de los alfiles maderistas ante el gobierno de Enrique Peña Nieto y ante los coordinadores camerales, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa, se origina en los acuerdos por debajo de la mesa para aprobar las reformas del actual gobierno.

Son, precisamente, esos dos temas, donde se encuentra una de las mayores resistencias de las bases panistas en contra de su actual dirigente, Gustavo Madero, quien los ha postrado como los comparsas a modo del reformismo peñanietista que si consigue , incluso en un bajo porcentaje, algunos de los objetivos que persigue con los cambios del marco legal, habrá relegado a los panistas y al resto de la oposición a un papel similar al que jugaron la mayor parte del siglo XX.

Desde luego, el hecho de ser una segunda fuerza política con vocación legitimadora, una oposición leal y a modo, rinde beneficios, como ya se ha visto, pero estos, a menudo, se concentran en un pequeño círculo del partido, como ya se vio con el panismo al que desplazó Vicente Fox en el año 2000, encabezado por un diego Fernández de Cevallos que hoy vuelve a aparecer para convalidar el nuevo proyecto priista de reconstrucción presidencialista.

Es en esa divergencia donde se vivirá la clave de la próxima elección panista: continuar como una oposición domesticada y bien pagada o tratar de recuperar el protagonismo político mediante una oposición congruente.

Esa dicotomía es la que le está dando oxígeno a una Juan Manuel Oliva que no puede ser acusado de pertenecer a las élites que se han beneficiado de las negociaciones con el PRI, pues incluso es de ese partido de donde provienen las principales acusaciones en contra de su persona y su gobierno.

El carácter de epígono del calderonismo que ostenta Ernesto Cordero no deja de hacerlo ver débil frente a la beligerancia del priismo. Por una parte, resultaría por demás incómodo en términos políticos que un ex presidente tuviera una fuerte injerencia en la segunda fuerza política del país; por la otra Calderón aún tiene muchas negociaciones pendientes con el priismo como para que su posible influencia redundará en una mayor autonomía de su partido frente al régimen.

Por eso, el adelanto que le está imprimiendo el ex gobernador guanajuatense a su proyecto de contender por la dirigencia nacional panista, puede convertirse en una ventaja fundamental y en la clave de su fortalecimiento como candidato.

Por una parte, representa la tradición insurgente del panismo frente al entreguismo del Gustavo Madero con el gobierno priista; por otra, es un candidato que se muestra abierto a nuevos rumbos, lo que no parece derivarse  del calderonismo de Cordero; finalmente, Oliva es un panista con el que se identifican los militantes de a pie de ese partido, frente a lo cupular de sus adversarios, algo relevante en la primera elección interna abierta a las bases en este partido.

Con su destape y el inicio de una abierta precampaña, Juan Manuel Oliva se está jugando la única carta con la que podría meterse en la pelea con posibilidades serias.

Pero, además, y tampoco es poca cosa, deja atrás el debate sobre sus pecados como gobernador, pues de aquí en delante esos señalamientos serán vistos como ataques políticos provenientes de los aliados de Gustavo Madero, donde forman de manera destacada los priistas.

En el caso de Guanajuato, salvo excepciones, la carrera iniciada por Oliva obligará a sus correligionarios de la dividida ala oficialista del panismo, mayoritaria aún, a reunificarse en torno a su proyecto, con las inevitables consecuencias para los equilibrios políticos locales y para el de por sí débil control del gobernador Miguel Márquez.

Todas esas razones hacen pensar que un político todo terreno como lo ha sido Juan Manuel Oliva a lo largo de su historia, no tenía otra opción, más que iniciar lo que parece una descabellada aventura. A diferencia de muchos de sus compañeros, que se consumen en dubitaciones, la decisión le traerá ganancias que no podría haber obtenido de ninguna otra manera. Y eso, en política y en la vida, se llama hacer de la necesidad virtud.

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