Arnoldo Cuellar

Peña y Elba: más necesidad que valor

In Botepronto, Zona Franca on febrero 28, 2013 at 8:33 am

El golpe político, tan inesperado como espectacular, asestado por Enrique Peña Nieto a Elba Esther Gordillo, víctima propiciatoria ideal de los nuevos tiempos mexicanos, instaura en la práctica al nuevo gobierno.

Resulta emblemático que sea el priismo que busca restaurarse, y no el panismo que encabezó una anhelada transición a principios del nuevo siglo, el que ponga en marcha una noche de cuchillos largos para marcar el cambio de tercio en la vida política del país.

Desde luego, no es extraño. Los presidentes panistas, como ocurre también con los gobernadores de ese partido, suelen no tener claros los objetivos del poder. De allí su inconsistencia, su alta ineficiencia, su decantamiento por la corrupción como alternativa a la impotencia.

Vicente Fox quería disfrutar el poder, no ejercerlo. En esa línea ¿qué caso tenía limpiar la corrupción priista, cuando era más rentable tolerarla y, en todo caso, aprovecharla en provecho propio? Una de las alianzas más presumidas por Fox y Marta Sahagún fue, precisamente, la concretada con Gordillo.

Felipe Calderón decidió mostrar dureza con la hidra de mil cabezas del crimen organizado; sin embargo, nunca tuvo una política para transformar el estado que le fue heredado por Fox, un desvencijado aparato construido por el PRI pero hipertrofiado por la incuria, la corrupción y la falta de oficio de su antecesor. Por lo visto, fracasó en ambos frentes, en uno por acción y en el otro por omisión.

De allí que el radicalismo de Enrique Peña Nieto no sólo sea asunto de voluntad, sino de estricta supervivencia. Más allá de cuestiones especulativas como la repetición de la lógica de legitimación tan arraigada en el priismo, antes de Carlos Salinas, lo cierto es que al nuevo gobierno le urgía hacerse de un margen de maniobra.

Hoy, tras el encarcelamiento de la inalcanzable Gordillo, así se le vio en los últimos doce años, ¿quién se acuerda de la explosión en la torre de Pémex y de los anuncios de la finalización de la luna de miel?

Eligiendo cuidadosamente al dragón que debía combatir, el peñanietismo tomó posesión de la vieja presidencia imperial frente a los poderes fácticos y entregó a los grandes públicos del país la cabeza de uno de sus villanos favoritos de los últimos tiempos.

La gran virtud de los operadores políticos en torno al mexiquense no fue la de haberse atrevido a una acción que entrañaba grandes riesgos, sino la de entender que no tenían alternativa: era eso o repetir los pasos de los ejecutivos panistas que pasaron sus presidencias en un permanente declive que no conoció auge, en términos estrictamente políticos.

A partir de ahora, el PRI de Peña Nieto restablece la presidencia como el centro del poder en México, muy por encima de los poderes fácticos desatados durante los últimos tres sexenios. La negociación cambia sus términos y se pavimentará el camino para lograr acuerdos en el sentido en que los quiera el nuevo Sol político del país.

¿Le sirve esto a la construcción de una democracia moderna y de un país más funcional? Lo primero, probablemente no; lo segundo, puede ser posible, en cierta medida, pues el autoritarismo tiene argumentos a su favor cuando se trata de vencer resistencias a los cambios.

Existen, sin embargo, otros riesgos para la vida pública, pues nada garantiza que la clase política que controla el cuarto de mando de este renovado poder presidencial, no vaya a utilizar en provecho propio el margen de maniobra recuperado.

¿Antecedentes? Dos por lo menos: Luis Echeverría y Carlos Salinas de Gortari. Ambos expresidentes ejercieron el poder sin contrapesos durante sus gobiernos, tras haber reconstruido la capacidad de maniobra del Estado. Sin embargo, ambos terminaron sumiendo al país en crisis extremas, que no obstante no les quitaron la posibilidad de seguir siendo influyentes en la política nacional tras largos años después de concluidos sus gobiernos, sobre todo apoyados en fortunas sólo explicables por la corrupción.

La reconstrucción del poder presidencial priista en términos imperiales, con una razón de estado que se antepone a consideraciones legales, sociales y democráticas, no es necesariamente una buena noticia para el país, aunque de entrada complazca a muchos que, hartos de la ineficacia pública, quieran ver autoridad donde sólo hay autoritarismo.

arnoldocuellaro@zonafranca.mx

@arnoldocuellaro

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