Arnoldo Cuellar

Policía de León: la necesidad del cambio

In Botepronto, Zona Franca on octubre 17, 2012 at 3:40 am

Una de las razones fundamentales del deterioro electoral del PAN en León, además de la escasa pertinencia de su candidato y del desgaste en el poder, lo fue sin duda el pésimo servicio que brinda a la ciudadanía el sistema de seguridad pública municipal.

La descomposición de la policía leonesa no es ningún fenómeno nuevo, aunque se acentuó durante la administración de Ricardo Sheffield, como fue posible verlo en acciones inéditas como el robo a una mueblería del centro de la ciudad por parte de un grupo de agentes perfectamente coordinados.

Esta desviación de los elementos de seguridad en el municipio más importante del estado, se reflejó una y otra vez a lo largo del presente año, cuando se arraigó la manía golpeadora y represora de los preventivos en varios eventos relacionados con manifestaciones en la vía pública.

Hoy podemos ver que ni los ultrajes a los jóvenes manifestantes de #Yosoy132; ni la brutal represión a los campesinos de Duarte que protestaban en contra de la Comisión Federal de Electricidad; tampoco las detenciones de periodistas; ni mucho menos el hostigamiento a las porras de equipos de fútbol visitantes, son hechos aislados o incidentes ocasionales.

La policía de León, bajo el mando o la falta del mismo de sus últimos responsables, ha desarrollado una proclividad por la violencia que salta a la menor provocación.

La ausencia de protocolos da lugar a un sólo tipo de respuesta: el macanazo y la agresión casi pandilleril pues ni siquiera se nota que los policías estén capacitados en técnicas de defensa personal, sino que le entran a la gresca alegremente y como Dios les da a entender.

En las escenas ampliamente difundidas de la agresión a los porristas del equipo Tigres se aprecia como los golpes se reparten por igual a personas que entablan algún tipo de resistencia y también a los ya sometidos.

Los uniformados de León se vieron en las gradas del estadio local no como un cuerpo disciplinado y dueño de una táctica, sino como una turbamulta armada que reacciona con coraje y alevosía.

Por ello, y sobre todo por los antecedentes, no acaba de explicarse que la nueva administración leonesa se esté tomando las cosas con tanta calma, como si se tratara de algo casi rutinario de tan repetido.

Se entiende que un Ricardo Sheffield que ya se iba se lo haya tomado así, pero no hay razón alguna que lo justifique en la administración que llega al poder, precisamente, abanderando un cambio.

Bárbara Botello creció en el ánimo del electorado hasta lograr el triunfo en la elección gracias, específicamente, a que representaba una opción distinta al desgastado panismo, evidente en renglones como el de la seguridad pública.

Su obligación ahora, con esos ciudadanos que le dieron su confianza, es actuar sin miramientos, tal y como ya lo ofreció al volver al tema después de su exhibición a nivel nacional.

La policía de León debe mejorar para evitar ser un baldón para la ciudad; debe mejorar para servir mejor a los ciudadanos que constituyen su razón de ser; pero, sobre todo, debe hacerlo en reciprocidad a la decisión de la comuna de castigar a los políticos que la condujeron a ese desprestigio y dar la oportunidad a una nueva fuerza política.

No se trata solamente de que la incuria policial nos exhiba como comunidad a lo largo y ancho del país, se trata también de que en su actuar cotidiano en los rincones más alejados e invisibles del municipio, sea digno y a la altura de las circunstancias.

Una policía fuera de control, como la que se ha mostrado en reiteradas ocasiones a lo largo de los últimos meses, sólo será una fuente permanente de problemas para una administración que quiere imponer un sello que, antes que nada, hable de una diferencia con sus antecesores. De allí la urgencia.

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