Arnoldo Cuellar

Unos mueren, otros hacen campaña

In Botepronto, sinembargo.mx, Zona Franca on mayo 23, 2017 at 3:45 am

El robo de combustibles es el delito de más crecimiento en Guanajuato y el de mayor capacidad de disolvencia comunitaria; la estrategia que se articula para enfrentarlo parece tardía pero también incompleta si no no suma el rescate social.

El tema del robo de combustibles y su impacto negativo en la seguridad de Guanajuato, sobre todo los municipios del centro y sureste del estado, había venido siendo soslayado por las autoridades estatales a lo largo de los últimos años. Hay que recordar que desde 2016 la violencia empezó a subir de nivel en la entidad y que ha venido a desbordarse por completo en los meses que van de 2017.

El tema se posicionó como agenda pública reconocida hasta que mandos militares en la entidad decidieron exhibir mediáticamente su molestia con la falta de coordinación entre las instancias de seguridad estatales y las fuerzas federales, de las que constantemente se reclamaba su presencia en Guanajuato pero que al llegar aquí estaban siendo ignoradas por los funcionarios del gobierno estatal.

En Guanajuato nadie se percataba de la gravedad de este delito, hasta antes del recrudecimiento de la violencia en Puebla y de la evidencia de que el “huachicoleo” no solo es un delito perfectamente organizado, sino también una actividad económica lucrativa que se ha convertido en fuente de ingreso para comunidades enteras.

El potencial subversivo del tráfico de combustible robado a Pemex, en medio de colonias y rancherías depauperadas y azotadas por la marginación, la violencia y la falta de oportunidades, preocupó al más alto nivel, después del enfrentamiento en Puebla de donde el ejército debió salir con bajas y con un escándalo público por la ejecución extrajudicial de un civil.

Hoy se sabe que desarmar el esquema del robo de combustibles que ha venido estructurándose desde hace varios años con complicidades en Pemex, en los cuerpos de seguridad municipales y con civiles que hacen “talachas” para grupos del crimen organizado, no será tarea sencilla.

Además, la violencia asociada a las extraordinarias ganancias que produce este delito ya se encuentra entre nosotros. Los 15 homicidios con características de ejecución que se han vivido en poco más de una semana en los Apaseos, Celaya y Salamanca, tienen todo el sello del huachicol, como lo apunta el propio procurador Carlos Zamarripa en sus primeras declaraciones sobre el tema.

En esta guerra uno de los activos más valiosos lo será la política social, a fin de ofrecer opciones a familias y comunidades entre las que hay “trabajadores” a sueldo de grupos delictivos. Es precisamente lo que se llama “regenerar el tejido social”.

Hasta ahora, sin embargo, el tema no parece preocuparle al distraído secretario de Desarrollo Social y Humano, entretenido como está en una campaña noventera de acarreos incesantes para convencer a Miguel Márquez de que su candidatura “prende”.

Anoche, por ejemplo, Diego Rodríguez Vallejo fue al comité municipal del PAN de León, invitado por el añejo oportunista que es Alfredo Ling Altamirano, a presentar un informe “del primer año del programa Impulso”.

Alguien de los múltiples operadores genuflexos que rodean a Rodríguez Vallejo tendrían que recordarle que ya no es diputado y que todavía no es gobernador ni alcalde, únicos casos en los que deben rendirse informes anuales. Por lo demás, un programa de largo aliento, como deben ser los de carácter social, difícilmente puede festinar resultados en apenas un año.

Parece a todas luces imposible saber si el programa Impulso, que de seguir como va será tan fallido como Escudo, ha tenido algún impacto en disminuir las causas estructurales de la violencia en Guanajuato a lo largo del escaso año en el que se ha desarrollado.

Pero, al tratar de presentarlo así en auditorios a modo, lo único que parece estar quedando claro es que a los políticos que se les ha subido la idea de que quieren ser candidatos al gobierno ni siquiera parece importarles la realidad a la que supuestamente quieren gobernar, mucho menos muestran ideas para abordarla.

Y esas son, definitivamente, pésimas noticias. Hasta para ellos mismos.

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