Arnoldo Cuellar

López Santillana: alistar el overol

In Botepronto, Zona Franca on agosto 3, 2015 at 3:46 am

Ante el desastre que hereda el próximo alcalde, probablemente ni siquiera exista luna de miel con los ciudadanos: urge trabajar desde el primer minuto o antes.

Parecía una tragedia lamentable para el PRI, haber recuperado León tras un cuarto de siglo de ausencia, solo para comprobarle al electorado que en ese largo periodo no mejoraron nada, sino que incluso empeoraron como partido político despótico, corrupto y alejado de los intereses del ciudadano común.

La situación, que no logró ser superada ni siquiera por la maniobra de enviar un candidato no priista para tratar de recuperar el desprestigio, colocó al PAN en una situación de privilegio, al recuperar niveles de votación como los de sus mejores tiempos, con la salvedad de un abstencionismo que rozó niveles históricos.

El derrumbe del priismo hubiera permitido que cualquier panista llegara al poder, incluso el vilipendiado Ricardo Sheffield que es hoy tan criticado por el nuevo equipo en torno a Héctor López como Bárbara Botello.

Sin embargo, llegó un hombre organizado, un servidor público eficiente con una especialización en el tema de promoción industrial, no gracias a la claridad de los panistas, sino a las vicisitudes en las que se realizó un proceso de selección lleno de emboscadas y sorpresas.

López Santillana, sin embargo, acusa un déficit preocupante: el de la política como actividad constructora de consensos y buscadora permanente de equilibrios. Ya en esta etapa preparatoria, el alcalde electo de León se muestra preocupantemente cerrado a opiniones ajenas a las de su círculo interno y las de un compacto equipo de ediles que han adquirido preeminencia por razones históricas más que de sensibilidad o conocimiento del momento actual.

El deterioro de los tres años de barbarismo rampante no se solucionará solo por el cambio de siglas en el palacio municipal de León, tampoco por el arribo de nombres que pretenden ostentarse como blasones históricos, cuando en realidad se trata de políticos que se beneficiaron en su momento del desprestigio del PRI, igual que ahora, pero no por su visión renovadora.

La presidencia municipal de Carlos Medina Plascencia, al igual que su interinato como gobernador, gozaron del bono de la transición, adocenado con el buen trato que le otorgó precisamente un gobierno federal priista, el de Carlos Salinas de Gortari.

Luis Ernesto Ayala fue, sin duda, un buen administrador y un político moderado enemigo de los exabruptos, pero tampoco se le recuerdan acciones visionarias que fueran más allá del guión común en la época, en la que además esta alineados todos los astros: Vicente Fox, presidente de la República panista y guanajuatense; y Juan Carlos Romero, gobernador panista con ánimo de colaboración.

Hoy, López Santillana no puede confiarse a los consejos de estos dos “históricos” del panismo guanajuatense, toda vez que ambos tienen la mira puesta en todas prioridades: Medina está envuelto en una dinámica de redes empresariales que muchas veces termina siendo simple tráfico de influencia con ropaje fastuoso, pues la mayor parte de las conexiones no son entre empresas, sino de estas con los gobiernos. Luis Ernesto Ayala, dedicado a una exitosa empresa de calzado que ha superado el embate de los tiempos difíciles, divide su atención entre el negocio y la afición a la cacería que lo lleva por todo el mundo.

Es hora de que el nuevo alcalde de León asuma que no hay coaching político que funcione si el asesorado no muestra la disposición a avanzar y arriesgarse en un terreno que puede ser momentáneamente desconocido, pero que es de su total responsabilidad de aquí en delante y por los próximos tres años por encargo de los leoneses.

López Santillana también debe hacerse cargo de que asumirá una gestión de crisis, por los grandes déficit que recibe y que no solo serán financieros, sino sobre todo políticos. La crisis de la seguridad es un buen ejemplo, pues no solo se conforma por la descomposición de la moral de la corporación, sino también por la apertura de brechas de desconfianza con los ciudadanos.

Es decir no se trata solo de encontrar a un secretario de seguridad competente y confiable, sino de convertir el tema en una política pública al más alto nivel. Lo mismo ocurrirá con las áreas de adquisiciones, obra pública, aseo público, movilidad y desarrollo urbano, afectadas de conflictos que lesionaron la relación con diversos sectores sociales.

Reparar el daño requerirá de tareas urgentes, firmes y continuas. No se vale solo cambiar el eslogan de la administración y la imagen. Esta vez hay que entrar a hacer trabajo profundo. Y para eso no sirven los políticos que solo viven para alimentar su fama.

En todo caso, la luna de miel esta vez no solo será corta, probablemente ni siquiera exista.

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