Arnoldo Cuellar

La guerra por la Universidad de Guanajuato

In Análisis Político, Zona Franca on febrero 27, 2012 at 2:40 am

La era Romero Hicks en la Universidad de Guanajuato está lejos de terminar. Quizás no ha hecho más que comenzar su segunda etapa.

No obstante estar jubilado de la institución, el ex rector y ex gobernador nunca ha dejado de pensar en la casa de estudios como una gran plataforma para hacer política y generar un grupo de presión que oriente la vida pública de la entidad.

La influencia de Juan Carlos Romero ha sido relevante desde 1991, el año en que fue nombrado rector por Carlos Medina Plascencia, aún bajo el esquema de universidad estatal.

El universitario, expulsado de la secretaría general de la institución bajo el rectorado del priista Luis Felipe Sánchez Hernández, quien llegó impulsado por el gobernador Rafael Corrales Ayala,  planeó la manera en que los gobiernos, de cualquier signo, no pudieran volver a tener injerencia en la vida de la institución académica.

El primer paso fue la autonomía universitaria, lograda mediante una hábil negociación con el propio Medina y con el entonces poderosos líder de la mayoritaria bancada priista en el Congreso, Carlos Chaurand Arzate.

Chaurand pensaba que la autonomía de la UG era como arrebatarle un territorio al PAN; Medina, egresado del Tecnológico de Monterrey, no tenía ninguna idea clara sobre el papel de la Universidad en la vida pública, por lo que no tuvo empacho en sumarse.

En realidad, el único ganador de la autonomía fue Romero quien extendió su rectorado por casi ocho años y sólo lo dejó para lanzarse a la búsqueda de la candidatura al gobierno del Estado de la mano del Yunque de Elías Villegas y Juan Manuel Oliva.

Por supuesto, ya como gobernador, el gran interventor de la Universidad y, por ende, vulnerador de la autonomía, fue su propio constructor. Romero Hicks hizo rectora interina a Silvia Álvarez Bruneliere, en tanto buscaba la candidatura al gobierno; como candidato, ungió a Cuauhtémoc Ojeda a través de su influencia en el entonces Colegio Directivo, que designaba al nuevo rector.

Ya como gobernador, Ojeda cayó de su gracia y lo desplazó a la Secretaría de Seguridad, evitando que buscara un segundo periodo, para impulsar a Arturo Lara López. El doctor en mecánica debió padecer la injerencia de Romero en el freno a la reforma que construyó el esquema departamental vigente actualmente, el cual fue aprobado ya con Oliva como gobernador.

Director de Conacyt a la sazón, Romero fue un gran crítico de la gestión de Lara, sobre todo por lo que consideró un incremento de la alta burocracia universitaria con la creación de los rectorados de campus, pero principalmente porque consideraba que el Yurirense hacía caso omiso de sus consejos.

Al concluir el segundo periodo de Lara, desde el desempleo pero con un activismo notable a través de su grupo donde destacan presencias como las de Joel Arredondo, Francisco Montiel y Nicolás Nava, Juan Carlos Romero tomó partido de manera decisiva por la candidatura de Luis Felipe Guerrero Agripino, rector del campus Guanajuato.

El proyecto romerista no prosperó por la decisiva intervención del propio Arturo Lara y por el control, que este logró de la Junta Directiva de la Universidad, sacando adelante a su propio delfín, el doctor en ingeniería agrícola por Texas A&M University, José Manuel Cabrera Sixto.

Sin embargo, a menos de seis meses de la asunción del nuevo funcionario, Romero Hicks, reforzado en su alianza con Guerrero Agripino, ha dado un golpe maestro que lo devuelve al control de la Universidad: en una batalla en la que sorprendió la impericia de Cabrera Sixto, el romerismo se apropió de por lo menos seis de los once asientos de la Junta Directiva, la instancia que este mismo año deberá conocer y aprobar las renovaciones o ratificaciones de los cuatro rectorados de campus.

Si se aprecia que de los cuatro contrincantes por la rectoría general de la Universidad el año pasado, tres de ellos fueron los rectores de los campus Guanajuato, León e Irapuato Salamanca, se puede tener una idea del poder que ha recobrado quien hoy por hoy es también el candidato al Senado de la República de la segunda fórmula del PAN.

Con la inclusión de académicos como Silvia Álvarez Bruneliere y José Antonio de la Peña Mena, ex directores adjuntos de Conacyt; de Dolores Álvarez Gasca  y Enrique Navarro González, además del empresario Héctor Webb Cruces; y la suma de algunos que ya eran miembros de la Junta Directiva, como Armando Sandoval Pierres, el control que retoma Juan Carlos Romero es impresionante.

Ese órgano designa al rector general, los rectores de Campus, el director del Colegio de Nivel Medio Superior y a los directores de División. De aquí en delante, ningún nombramiento de esos le pasará desapercibido a quien probablemente en unos meses esté convertido en Senador de la República y detentador de un poder que lo devolverá a los primeros planos de la política local y también de la nacional.

El proyecto que parece acariciar el ex gobernador puede llegar a convertirse en un cacicazgo como el de Raúl Padilla en la Universidad de Guadalajara, con todas las nefastas consecuencias que ello podría traer a la Universidad y a la política estatal.

Este verdadero complot político se  debe, en buena medida, a la gran ingenuidad política de la que ha hecho gala José Manuel Cabrera Sixto en una demostración de que los delfines políticos a menudo resultan una decepción hasta para sus propios creadores.

arnoldocuellar@zonafranca.mx

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