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El legado de los mártires

In Botepronto on enero 3, 2012 at 3:44 am

Herencia sin testamento. Foto: Mario Armas (Cortesía Zona Franca)

Durante muchos años, la ceremonia conmemorativa de los mártires del 2 de enero, víctimas de una masacre de ciudadanos inerme realizada por las fuerzas federales, mantuvo viva la llama de la disidencia democrática del PAN frente a la hegemonía priista.

De 1946 a 1988, por más de cuatro décadas, el recuerdo de una lucha por la defensa del voto ciudadano que terminó trágicamente pisoteada por el autoritarismo gubernamental, sirvió de acicate, de memoria colectiva y de preservación de un ideal para hombres y mujeres que simpatizaban con un partido que alentaba la fe en la democracia como su fuerza vital.

Hoy, ese partido ha cambiado de manera radical. Los herederos de la gesta cívica del 2 de enero conquistaron el poder de la mano de una complicidad proveniente de ese mismo gobierno federal que había reprimido a la Unión Cívica Leonesa, la organización autogestiva que derrotó en las urnas al PRM en 1946: Carlos Salinas de Gortari le abrió las puertas del gobierno estatal, en 1991,a un Carlos Medina Plascencia que había ganado por sus propios méritos la alcaldía de León tres años antes.

Probablemente allí se gestó una herencia maldita, porque el PAN que hoy gobierna Guanajuato se parece poderosamente a aquel PRI al que desplazó del poder veinte años atrás: ejerce un control férreo sobre los otros dos poderes; rechaza la rendición de cuentas como una molestia antes que como una obligación frente a los ciudadanos a los que querían servir; por si algo faltara, los envuelve el pesado aroma de la corrupción.

Ayer, Juan Manuel Oliva y Ricardo Sheffield conmemoraron a los muertos de la democracia que abonaron las luchas de los años siguientes, las mismas que les permitieron a ellos la posibilidad de estar donde están. No se hicieron cargo de que hoy se parecen más a los represores del pasado que a los mártires de entonces. No es que hagan las mismas cosas, es sólo que tienen los mismos anticuerpos para rechazar las semillas del cambio en el entorno social.

No son los primeros a los que les ocurre: también los revolucionarios que se fraguaron en la lucha contra el porfirismo, terminaron imitando al viejo caudillo oaxaqueño: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente», decía Lord Acton. Y no se equivocaba.

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