Arnoldo Cuellar

Guanajuato 2012: la crisis de representación

In Análisis Político, Zona Franca on enero 16, 2012 at 2:35 am

Como van las cosas en los diferentes partidos políticos que quieren representarnos en la renovación de poderes estatales, lo más seguro es que a la ciudadanía de Guanajuato lo único que le depare el futuro sea una gran decepción.

El partido que rige a nivel estatal, con pleno control en los tres poderes que conforman nuestro sistema de gobierno, así como en la mayoría de los municipios, no puede evitar la exhibición de su gran agotamiento político, tal y como se ve en buena parte de sus candidaturas y en las luchas internas por decidirlas.

El PAN se ha fragmentado en grupos cuyo principal motivo de división y hasta de confrontación no es otro que la lucha descarnada por los beneficios materiales que trae consigo el ejercicio de los cargos públicos.

No se aprecia, entre quienes se mueven en la búsqueda de una alcaldía o una diputación, ninguna idea diferente respecto a la forma de ejercer el poder.

Quizás a nivel de la lucha por la candidatura a gobernador se note un poco más de sustancia, debida más que nada a la personalidad de los precandidatos, pero tampoco se ha llegado a escuchar un discurso articulado de parte de quienes postulan algo diferente a lo que ha venido ocurriendo los últimos años en Guanajuato.

Si bien tanto Ricardo Torres Origel como Ángel Córdova plantean una crítica más o menos contundente, aunque poco explicada, hacia el gobierno de Juan Manuel Oliva, del que Miguel Márquez formó parte, ninguno ha podido centrar su discurso en lo que harían diferente y cómo lo harían.

Pero, además, la lucha por la candidatura a gobernador en el PAN pasa por una lógica férrea de control de estructuras y voto cautivo, buena parte de lo cual depende del manejo que se le da desde el propio gobierno estatal y los gobiernos municipales, más o menos alineados con él.

Allí está la trampa. Un candidato que se lanzara a un discurso frontal en contra de Juan Manuel Oliva automáticamente estaría fortaleciendo la posición del candidato oficial, Márquez, en quien el mandatario saliente ve su único seguro para una salida sin sobresaltos.

El PAN está atado a la suerte del poder, como lo estaba el PRI al que desbancó: lo que importa es la conservación de las posiciones y los privilegios, la anulación política de cualquiera que represente un riesgo sea del mismo partido o de otro. En ese sentido, en la lucha sucesoria panista la sociedad sale sobrando y sólo es una presencia escenográfica a la que se alude en los discursos tan sólo como pretexto y justificación.

Pero, ¿qué tenemos enfrente? Nada demasiado estimulante. En el caso de los opositores al régimen actual dentro del propio PAN se entiende su mediatización en la medida en que podría ser suicida destruir el vehículo que los mantiene al frente de las instituciones públicas.

Pero eso no es lo que detiene a los opositores, particularmente los del PRI, la segunda fuerza política local, quienes más bien están atados por su propia pobreza táctica y la ausencia de estrategia.

Tres factores castran al PRI de las enormes posibilidades que les otorga la actual circunstancia política para regresar como una opción de alternancia en Guanajuato.

La primera de ellas es la inexistencia de un priismo autónomo del centro, producto de la incapacidad para autorregularse y crear una convivencia pacífica y productiva. Cuando fueron dejados a su libre arbitrio, hace seis años, terminaron como en el rosario de Amozoc: un candidato renunciante, Wintilo Vega; demandas penales, Miguel Ángel Chico y Bárbara Botello contra Alejandro Arias y Antonino Lemus; en síntesis, una cicatriz que aún duele.

Su actual dirigente fue designado por Beatriz Paredes antes de entregar la presidencia del partido. José Luis González Uribe, llegado desde el centro, sabe que no puede oponerse al centro.

La segunda de ellas es el oportunismo rampante para concentrar su disputa interna, en los últimos veinte años, sólo en los cargos que les dejaba disponible su sucesión de derrotas frente al PAN. Allí están los casos de Francisco Arroyo Vieyra y Carlos Chaurand Arzate, para mostrarlo.

No surgió en todos estos años un solo prospecto de líder que se propusiera crear un movimiento de regeneración para pelear el regreso al poder en todas las esferas de la vida pública estatal, menos aún sacrificando prospectivas personales.

Juan Ignacio Torres Landa, por ejemplo, tenía todas las características para encabezar un proyecto de largo plazo, pero su renuncia a la actividad política tras su derrota del 2000 y su abandono de toda militancia, abortó sus posibilidades. Su regreso, hoy día, le debe más a la nostalgia que una fortaleza real.

En tercer lugar y quizá lo más importante de todo, el PRI perdió la brújula de la sociedad. Prácticamente ninguna de sus luchas en estos años ha tenido que ver con reclamos ciudadanos.

Las crisis de seguridad, la ineptitud municipal o estatal, la corrupción, la especulación urbana, la mala orientación de la obra pública, el escaso desarrollo social, ninguno de esos temas tiene como protagonista a la segunda fuerza política del estado, la cual a lo largo de estos últimos años ha incrementado su autismo frente al interés público.

Con este panorama, por más que los ciudadanos interesados en la cosa pública quieran ver una mayor competencia en lo que ya más que una fiesta cívica es como un funeral para el ánimo social, lo más seguro es que veamos un nuevo tongo entre dos boxeadores tan malos que cualquiera de ellos repele todo intento de simpatía: el que aparece adelante en los momios, por torpe y desangelado; el más débil, por ridículo y antipático.

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